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La Cruz de Jesucristo (I)

07/09/2008

En el camino de santidad que todos estamos llamados a recorrer en la Iglesia “santa y necesitada de purificación a la vez”, como nos dice el Concilio Vaticano II, nos encontramos inmersos en las más variadas circunstancias y coyunturas de nuestra historia humana a veces tristes, a veces placenteros, excepcionalmente trágicos y ordinariamente asumidos con cierta normalidad cuando son repetidos y hasta rutinarios. En la normalidad de la existencia humana aparece la muerte de cualquier persona que llena , y si es joven más, a sus familiares y amigos de consternación. Ordinariamente también vemos como la comunidad cristiana con su sacerdote al frente, y fiel al mandato de su Señor, hace lo que está a su alcance hacer: rezar por el difunto, y si a lo largo de su vida vivió la fe, entregarlo en manos de Dios Padre en la celebración de la Santa Misa con la seguridad de que el difunto mismo, de una u otra manera, quiso llegar a vivir con Dios para siempre y así es acogido por el infinito amor de Dios Padre Hijo y Espíritu Santo. No para ahí el quehacer de la Iglesia, pues a través de cada uno de sus fieles se debe volcar en las atenciones que sus familiares y amigos requieran, tanto si son de orden material como si necesitan apoyo, compañía y consuelo. 

Todos tenemos en la memoria y en el corazón la tragedia de Barajas y otros accidentes y atentados terroristas de gran magnitud que a través de los grandes medios de comunicación social nos llegan y se nos cuelan hasta lo más profundo del alma. Estos días han sido propicios para preguntarse sobre el destino del ser humano y su vivir siempre truncado por la muerte. Poseídos de nuestro derecho al bienestar y a la felicidad no puede ser, no nos podemos quedar, en la vacía sensación de la mala suerte o de la desesperanza; aun sería peor si todo el remedio se acabara en el derecho a saber por qué pasó y en la salida de tratar de evitarlo en el futuro con medida de seguridad o policiales y de justicia en su caso. 

Os invito a recordar el planteamiento que se hacían los obispos con el Papa en los años 60 y que quedaron plasmados en los documentos conciliares: En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. 

Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal? (Gaudium et Spes 10) 

+ Vuestro obispo, Antonio


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