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Plan Diocesano de Pastoral 2.006 - 2.010

 
 
 

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LA CORRECCIÓN QUE SALVA

DOMINGO XXIII PER ANNUM
7 de Septiembre de 2.008

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Mateo, 18, 15-20

El evangelio de hoy se mueve sobre esta base: salvar al hermano. En último caso, él mismo se condena solo, si pretende vivir al margen de la comunidad. Salvar al hermano no como jueces omnipotentes ni como padres que se olvidan de que sus hijos están creciendo. Salvar al hermano, acercándonos a él, mostrándole un estilo evangélico de conducta, dialogando sobre sus problemas y dificultades, comprendiendo su situación, esperándolo todo el tiempo necesario para que dé su respuesta, respetándolo aun cuando la respuesta no sea la nuestra. Intuyendo que quizá el hermano se siente solo, desanimado, cansado, no apreciado, herido por juicios desfavorables, criticado, envilecido después de algún trato poco respetuoso de su dignidad...
 
“Repréndelo a solas”. Se trata de una operación necesaria y delicada que hay que hacer con discreción, dulzura, humildad, paciencia y tacto. Se trata de hablar, por lealtad, primero con el interesado, en vez de acudir a chismorrerías inútiles y perjudiciales, en vez de sembrar sospechas, hacer insinuaciones, celebrar procesos sumarios, condenar asegurándonos de que entre el público curioso no esté presente el único con el que deberíamos precisamente hablar cara a cara. 

“Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. ¡Éste es el premio, la grande e incomparable recompensa. No es cuestión de prevalecer sobre el otro, de humillarlo. Se trata, más bien, de “ganar” al hermano en cuanto hermano. No la mezquina satisfacción de haber tenido razón, sino el gozo de constatar que la fe “paga” bien, la fe en el hermano corregido, la fe en el otro no sólo en Dios. 

“Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos..., díselo a la comunidad.” . Una vez más: no se trata de una publicidad difamatoria, ni de un proceso, ni de un interrogatorio, sino de un intento plural, amoroso y paciente, de aclarar las cosas, de disipar los malentendidos, de restablecer una comunión, de atestiguar juntos la solicitud por el hermano, de demostrarle que es un bien precioso, un Tesoro insustituible al que la comunidad no quiere renunciar sin menoscabo de la propia integridad. 

                                     Juan Sánchez Trujillo


SOMOS SERES COMUNITARIOS
(DOMINGO XXIII T.O. Ciclo A)
4 septiembre 2005 

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y, si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano..." (Mt 18,15-20)

No sé si caemos en la cuenta de lo que se nos dice en este texto. En el fondo de su enseñanza, está la importancia y el valor de la comunidad. Hasta el punto de convertirse en la piedra de toque para saber si alguien es o no creyente, o, por el contrario, pagano y publicano. 

Seguro que esto extraña a más de uno. Hoy, nuestra sensibilidad parece ir en otra dirección. Es la nuestra una época esencialmente individualista. Eso de ir a lo nuestro, de hacer lo que cada uno quiera, de buscar lo que me interesa o apetece... eso de esgrimir el derecho que cada uno tenemos a hacer, prácticamente en todos los campos, lo que queramos sin tener que dar cuenta a nadie... es lo que se lleva y lo que proclamamos casi todos a todos los vientos. Y así vivimos: con lo mío, hago lo que quiero; cada uno, con su cuerpo, hace lo que quiere; yo tengo derecho a ser feliz... 

En el fondo, se trabaja con la convicción de que cada uno de nosotros somos completamente independientes y nos valemos por nosotros mismos, sin necesitar para nada de los demás. Y, por eso mismo, pensamos que lo que hagamos o dejemos de hacer no repercute para nada en los demás: se queda en nosotros y nos ayuda o perjudica a cada uno de nosotros. 

El Evangelio de hoy nos abre a la comunidad y a la comunitariedad. Si no tuviera nada que ver nuestra vida con la comunidad (con los demás), ¿por qué tendría que intervenir la comunidad en las acciones de cada uno? ¿Es tan difícil ver que, al estar como estamos tan estrechamente relacionados unos con otros, lo que hagamos o dejemos de hacer, para bien o para mal, afecta en los otros. ¿Es tan difícil entender esto? Todo grupo es "bueno" o "malo" en la medida en que lo sean todos y cada uno de sus miembros. Si uno es generoso, en él, su grupo gana en generosidad. O, por el contrario, si uno es egoísta, en él, su grupo avanza en egoísmo. Y, si esas actitudes, positivas o negativas, se dan en más de un miembro del grupo, éste suma y aumenta su bondad o su maldad. 

De ahí se deriva que, por nuestras actitudes y comportamientos no adecuados, debamos reconocerlo ante la comunidad y pedirle perdón. (Desde aquí se entiende muy bien por ejemplo, el sacramento de la confesión.) 

También hay que descubrir que la comunidad nos ayuda a ser mejores en todos los sentidos. Aunque esto suponga, a veces, tener que negarnos en algunas cosas. Eso mismo hace que pongamos en juego actitudes que, de otro modo, se nos quedarían inéditas, y seríamos, por eso, menos completos y menos ricos como personas. 

Piénsalo. ¿Eres una persona para la que tiene importancia la comunidad, es decir, los otros? Para responderte, mira si te complicas a favor de los demás, y hasta qué punto; mira si te dejas exigir por los demás, y vives tratando de respetarlos y de ayudarlos... 

El otro no es tu enemigo, sino tu complemento. Aunque su presencia te marque algunos límites: lo que, a la misma vez, te estará obligando a poner en juego una serie de actitudes que son muy positivas. 

                       Miguel Esparza Fernández


 COMPRENDER Y CORREGIR
(DOMINGO XXIII. T.O. Ciclo A)
8 septiembre 2002 

Es una hermosa, aunque difícil, lección la que nos brinda el Evangelio de hoy (Mt 18,15-20). Nos habla de la caridad. Es decir, de esa relación amorosa que debemos mantener con los demás. Y, sobre ella, se nos dicen dos cosas: 

*La caridad ve el lado bueno de las personas. A pesar de todo. Sí. Porque no se trata de negar o de ignorar lo que de negativo pueda haber (que lo hay) en los demás. No. El cristiano no se vuelve tonto o ciego. Por eso digo que a pesar de todo. Las limitaciones existen, la maldad existe. Y nadie es perfecto. Tampoco los otros. Leemos en el Evangelio de hoy: "Si tu hermano peca". Pero esa no es la realidad total de las personas, porque, junto a ese lado oscuro, existe también otro, sin duda, positivo. También esto hay que verlo y reconocerlo. Y, además (y este es el gran descubrimiento del cristiano), en las personas, nada es definitivo y cerrado para siempre, y, por consiguiente, inamovible. Podemos cambiar. Por eso, leemos también: "Si te hace caso". Luego, es posible que uno se aleje de aquello que no es del todo positivo en su vida. 

Es una buena lección, porque solemos ser demasiado duros con los demás. Y pasamos por alto muy pocas cosas. Basta con sorprender a alguien en algo, para que ya, y para siempre, sea etiquetado de aquello y no le concedamos la posibilidad de ser de otra manera. 

¿No es esto (prescindiendo de una consideración meramente sicológica, que nos habla de un proceso progresivo en el desarrollo de la persona) un contrasentido grande para un cristiano? La hondura más original del cristianismo está en la paciencia que Dios tiene con nosotros, en su capacidad de perdón para con nosotros, en su esperanza de conversión en nosotros. ¡Dios cree mucho en el ser humano! Y no porque esté engañado sobre él. No. No olvidemos que se ha hecho hombre en Cristo para salvarnos del pecado. Sino porque sabe de nuestra posibilidad de mejora con la ayuda de su gracia. Quien se sabe perdonado no puede cerrarse a la posibilidad de cambio en el hermano. 

*La comunidad de los cristianos es activa en la búsqueda de ese cambio en los otros. Y llega, para ello, hasta la corrección fraterna: "Si tu hermano peca, repréndelo". Pero está claro que lo que busca no es afear o reprochar nada en el otro, sino ayudarlo a cambiar. Si esto se entiende bien, con qué delicadeza, con qué reserva y discreción se tiene que hacer. Y, planteado de esta manera, el corregido no tiene por qué ofenderse, sino que debe agradecer la ayuda que se le brinda. Una cosa, pues, es desahuciar al hermano y otra es conformarse con su imperfección. 

El Señor nos promete ayudarnos también en esto. Y, si le pedimos su ayuda, él, que está en medio de nosotros, nos concederá que todos y cada uno de los miembros de su comunidad, progresemos en el camino del bien. 

                       Miguel Esparza Fernández


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