CARTA PASTORAL
EN EL INICIO DEL MINISTERIO PASTORAL
COMO OBISPO DE CIUDAD REAL
Queridos
sacerdotes, religiosos/as y seglares:
1.
Inicio con vosotros mi primer curso pastoral. Los cuatro meses
precedentes me han servido para tomar el primer contacto con las personas y con las
realidades pastorales de la Diócesis. Todos me habéis facilitado la tarea. No sólo por
la disponibilidad encontrada en todos y cada uno de vosotros y vosotras, sino por la
cordialidad y el afecto con que me habéis recibido. Intuía y reflejaba ya en mi homilía
de entrada que me encontraba ante un pueblo bien dispuesto. Os digo la verdad:
la realidad supera la expectativa.
I.
SED AGRADECIDOS (Col 3,15)
POR
LA PERSONA Y EL MINISTERIO EPISCOPAL DE D. RAFAEL
2.
Quiero, por eso, dar gracias a Dios con todos vosotros. Gracias, ante
todo, por el largo y fecundo ministerio episcopal de D. Rafael. Durante
estos meses, me habéis oído expresar públicamente este agradecimiento. Me sale de
dentro. No es sólo cuestión de amistad, y, mucho menos, de calculada cortesía. Se trata
del reconocimiento y admiración de la vida y la obra de un buen pastor; uno
de aquellos que lo son según el corazón de Dios. Como decía ya en mi
homilía de entrada, su presencia entre nosotros es una bendición del Señor. Y ¡ojalá
sea para muchos años! Su relación con la Diócesis de Ciudad Real, aunque pase por ese
título tan cortés de emérito, será siempre de afecto y de cercanía. Me
habéis oído decir, en tono sencillo, que nuestra Diócesis está de enhorabuena, porque
ahora tiene dos obispos. Con esa calidez queremos que se encuentre siempre D. Rafael entre
nosotros. ¡Ni os imagináis cómo me agradan todos los piropos que le
echáis a él y a su tarea y estilo pastorales!
3.
La presencia física de D. Rafael entre nosotros es para mí un recuerdo permanente de mi
condición de ser obispo no por libre, sino como miembro del Colegio
episcopal. Quiero tener muy presente esta comunión sacramental con
todos mis hermanos en el episcopado y ejercitarla activamente tanto en la Conferencia
Episcopal como en el trabajo de nuestra Provincia Eclesiástica de Toledo. Estrechamente
unido a todos ellos, en comunión con la Cabeza del Colegio Episcopal, el Papa, quiero
serviros siempre la catolicidad de nuestra comunión como Iglesia
Diocesana. Dejaríamos, en efecto, de serlo si nos cerráramos en nosotros mismos. El
testimonio de nuestros misioneros y misioneras (sacerdotes, religiosos/as y seglares) es
también un aliciente para ahondar en esta vocación universal. Por ser
católica, nuestra Iglesia diocesana no puede dejar de ser misionera.
POR
LOS SACERDOTES Y EL PRESBITERIO DIOCESANO
Compartiendo, en familia
4.
Gracias por todos vosotros, hermanos sacerdotes. A través de vosotros,
como presbiterio diocesano, mi ministerio episcopal estará hondamente arraigado en la particularidad
de nuestra Iglesia Diocesana. Somos un único presbiterio al servicio del pueblo que se
nos ha confiado. Durante estos meses, os he ido conociendo personalmente. Me habéis
empezado a contar cosas sobre las raíces que vuestro servicio ministerial echa en las
diferentes parroquias y tareas pastorales en las que trabajáis, en los pueblos y las
ciudades de nuestra Diócesis. Me alegra constatar que, a pesar de las dificultades
subjetivas y objetivas que, hoy, tiene la vida y ministerio de los sacerdotes, no sólo
mantenéis el tipo, sino que se descubre en vosotros ilusión y esfuerzo ante
los desafíos que nos presenta el momento actual de la evangelización.
5.
Quiero recordarme siempre a mí mismo que el ministerio episcopal lo ejerzo siempre con
vosotros, colaboradores necesarios. El que hayáis acogido gustosamente
parte de las obligaciones y cuidados del ministerio pastoral en la Diócesis,
y lo realicéis en el trabajo diario, me urge como me recuerda el
Concilio en el párrafo que os estoy comentando (ChD, 16) a acogeros con
especial amor..., y a consideraros siempre como hijos y amigos, dispuesto a la escucha
permanente y al trato cercano y confiado. La promoción de ese talante de
familia en nuestro presbiterio no termina, sin embargo, en nosotros mismos, sino
en la promoción de una pastoral integral en toda nuestra Diócesis (ChD, 16).
Al servicio del Pueblo de
Dios
6.
Os invito a que, durante este período, reflexionemos personalmente y en los EPAs, así
como a nivel diocesano, en el trabajo que vosotros mismos realizasteis con motivo de la
fiesta de San Juan de Ávila/2002, coincidiendo con los 25 años del ministerio episcopal
de D. Rafael en la Diócesis. Es una buena toma de pulso acerca de nuestra
vida y ministerio. No deja de plantearse allí como no podría ser de otro modo
, la necesidad de un serio replanteamiento del servicio pastoral a
las diferentes realidades de nuestra Diócesis. La dificultad para el relevo
generacional sitúa a nuestra generación sacerdotal ante una responsabilidad de
fuerte calado de futuro. Esconder la cabeza debajo del ala, esperando que
pase el temporal, o pensando que nosotros no experimentaremos ya esas
dificultades, sería pasar a las futuras generaciones, sin resolver, un problema de hondas
repercusiones para la vida cristiana de nuestra Diócesis.
El
decidido camino que tenemos que continuar hacia esa nueva configuración del servicio
sacerdotal a nuestras comunidades no es un simple resultado de gestión de
empresa. Es, más bien, la expresión concreta de una vivencia renovada
de nuestro ser sacerdotal y del ser sacerdotal de toda la
comunidad cristiana. La diferencia que establece la doctrina de la Iglesia entre estas dos
expresiones de la participación y realización del único sacerdocio de Cristo por parte
de todos los bautizados diferencia de esencia, no sólo de grado
no arrincona la condición de pueblo sacerdotal en los pocos que, dentro del
pueblo de Dios y a su servicio, recibimos el sacramento del Orden.
Un pueblo sacerdotal
7.
Dentro de las Líneas Pastorales Diocesanas para el presente trienio, he visto
cómo se ha insistido, con una acción diocesana especial en el año dedicado a la
participación y corresponsabilidad en la Iglesia, en esta dimensión sacerdotal
de toda la comunidad cristiana. De esa dimensión, en efecto, arranca todo el compromiso
apostólico de los bautizados. Y a su servicio, para la transformación del mundo y su
ofrecimiento al Padre como mundo renovado, está el sacerdocio ministerial.
Difícilmente podrán germinar las vocaciones sacerdotales en comunidades cristianas que
no vivan su condición de linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su
luz admirable (1Pe 2,9). El carácter bautismal de la primera carta de Pedro,
da a toda la exhortación del apóstol el entronque fundamental de toda la comunidad en
Cristo: la piedra angular y las piedras vivas, orientadas todas ellas a la misma
construcción: acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero
elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la
construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer
sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (1Pe
2,4-5).
La hondura
cristiana de nuestro ministerio
8.
Con razón habían partido las Líneas Pastorales Diocesanas de Jesucristo. Sin el arraigo
sacramental en él, ni el sacerdocio bautismal ni el sacerdocio ministerial significan
nada hablando desde la fe. Será necesario no perder de vista nunca la hondura cristiana
de nuestro ministerio. Malo sería que los aprietos del servicio pastoral nos
hicieran reducir el ministerio sacerdotal a una función, manejada sólo con la lógica
humana, o, incluso, hasta con la lógica empresarial, olvidándonos de su más profunda
identidad. Ésta nos introduce en el ámbito del don del Espíritu, que interviniendo
sacramentalmente, otorga una nueva configuración sacramental con Cristo
Jesús, el Señor, Pastor y Cabeza de su Iglesia, a algunos bautizados, a quienes llama
para el ministerio. Gustar ese don configurador de la persona en lo más
íntimo de nosotros mismos es la condición primera e indispensable para un ejercicio
jugoso del ministerio. Desde el gusto interior que procede del
Espíritu, el ejercicio del ministerio se convierte en fuente generadora de espiritualidad
sacerdotal.
En tiempos de mayor
intemperie
9.
Yo sé que el día a día de nuestra vida sacerdotal no es fácil. A las dificultades de
siempre se añaden otras nuevas. Las que proceden de un entorno social no sólo menos
protector de la vocación y de la perseverancia, sino, en ocasiones,
especialmente agresivo contra la identidad religiosa del hombre de
Dios. La secularización ambiental afecta a las raíces mismas de la consagración
al Señor con corazón indiviso; la sospecha respecto a la utilidad de la gratuidad tiende
a rebajar los nobles sentimientos de entrega generosa; el hedonismo generalizado no deja
indiferente la permanente fidelidad a la forma de vida apostólica en el celibato por el
Reino de los cielos. El lote hermoso que nos ha tocado en heredad sufre hoy,
como nunca, la fragilidad del barro de nuestras propias vidas en el que llevamos, sin
embargo, un rico tesoro (Cfr 2Cor 4, 7).
10.
Hay que tener en cuenta también las dificultades que proceden de nuestras
propias comunidades cristianas y del ejercicio diario de nuestro ministerio. Hay un hecho
claro: somos menos sacerdotes; tenemos una media de edad más elevada; y nos vemos urgidos
por una atención pastoral más compleja. A todas las tareas pastorales heredadas, tenemos
que añadir, en efecto, las que ponemos en marcha para responder a la situación social en
la que debemos evangelizar. Tenemos la impresión de que, en medio de trabajos pastorales
tan variados, tan abundantes, y, a veces, tan distantes geográficamente, no llegamos a lo
fundamental: la construcción y consolidación de comunidades vivas de discípulos de
Jesús, que, en su seguimiento, descubren el rostro y el amor del Padre Dios y dan
testimonio de él entre los hombres, comprometidos en la mejora de este mundo, según el
plan salvador del Señor.
11.
En la brega de cada día nos hace sufrir especialmente la distancia, que se agranda, entre
la oferta salvadora del Evangelio al que servimos y lo que la mayoría de los propios
fieles de la parroquia demandan de nosotros y de nuestra acción pastoral. Considerada la
parroquia por muchos como una simple agencia de servicios religiosos, corremos
el peligro de ser considerados y de percibirnos a nosotros mismos como dignos
funcionarios de las cosas de Dios. Yo sé que muchos desajustes interiores, que se
traducen a veces en tensiones y conflictos, provienen de esta especie de desnivel entre el
ideal de comunidad cristiana y las realizaciones tan precarias que la realidad concreta
nos permite y casi nos impone.
Un ministerio
abierto a situaciones diferenciadas
12.
Al desarrollar la mayoría de nosotros nuestra acción pastoral en situaciones de
tan diferente grado de pertenencia, de compromiso, de seguimiento del Señor...,
necesitamos una especial fortaleza de ánimo para mantener fielmente la
propuesta del Evangelio, por un lado, y considerar pedagógicamente, por otro, las
diferentes situaciones de religiosidad y sus manifestaciones. Son posibles caminos de una
evangelización atenta a descubrir en todas partes las semillas del Verbo, y a
orientarlas pacientemente a su plenitud en Cristo Jesús. La tarea no es fácil. Pero es
uno de esos desafíos que, incidiendo poderosamente en el talante general de la vida del
sacerdote, merece una especial atención por parte de todos.
13.
La conciencia de que la parroquia no es equiparable a un grupo de militantes cristianos,
nos prepara a la atención paciente de una extensa gama de situaciones respecto a la fe.
El hacerse todo para todos, para ganar a algunos para Cristo (Cfr
1Cor 9, 22) es un lema paulino que bien nos puede orientar en situaciones que
objetivamente nos dispersan y, en ocasiones, nos hacen sufrir. En el grupo más cercano a
la vida y actividad de la parroquia debe prender la forma de vida de los
discípulos del Señor. Con su variedad de vocaciones y tareas concretas, este grupo se
convierte así en el mejor punto de apoyo para llevar hacia adelante esta pastoral
necesariamente diversificada.
14.
Saber distinguir bien en qué grado de cercanía respecto al núcleo fundamental de la
experiencia cristiana se encuentra cada acción pastoral que realizamos (algunas coinciden
sólo con la así llamada preparación evangélica), y no pedir a todas ellas
la misma intensidad y pureza, no sólo es un acto de respeto al carácter progresivo de la
experiencia y del aprendizaje humanos, es también condición para mantener nosotros
mismos nuestra salud integral. Como podéis comprender, no estoy convocándoos
a una pastoral rebajada. Ni mucho menos. Me empuja más la actitud de San
Pablo respecto a los débiles en la fe (Cfr 1Cor 9, 22-23; 10, 23 -33). La
propuesta de la novedad del Evangelio de Jesús, en la que Pablo no admitía concesiones,
le exigía precisamente al Apóstol una caridad pastoral inclusiva, no
excluyente. Quedaron fuera sólo aquellos que dudaron o rechazaron la novedad de la fe en
Jesús, aferrándose a sus propias tradiciones humanas y cerrados a la
salvación que nos viene únicamente de poner nuestra fe en el Señor y no en las
obras de nuestras manos.
Sacerdotes en el mundo
15.
Siempre, pero especialmente este curso en que las Líneas Pastorales Diocesanas van a
estimular nuestra mirada al mundo, se ve la importancia que tiene en
nuestra vida y ministerio una buena integración de nuestra condición de sacerdotes
seculares. Nuestra especial relación misionera con el siglo, con el
mundo, da a toda nuestra espiritualidad una particular exigencia de
inmersión, de entrada evangélica en la vida de la gente. En
contraste con ciertas tendencias macroculturales que pretenderían un
arrinconamiento del cura en la sacristía, parejo a todo lo que se ha venido en llamar la
privatización de la fe, descubro también entre vosotros, como ya me
aconteciera en las diócesis de Teruel y Albarracín, una presencia encarnada
en la vida de nuestras gentes, especialmente de las más sencillas. Una presencia,
percibida por muchos como motivo de esperanza. Se trata de un estar con
la gente y de un estar para que la gente descubra en sus realidades humanas de cada día,
especialmente en las experiencias más fuertes de gozo y de sufrimiento, una llamada
de Dios a dar al conjunto de su existencia el relieve que procede de
la invitación a la conversión y al seguimiento del Señor, haciendo de la santidad un
camino para la vida ordinaria.
16.
Dar a toda nuestra vida sacerdotal y a todo el ministerio pastoral esta
inclinación a la vida de la gente, especialmente de los más pobres, como nos
pide Pastores dabo vobis, se traducirá en una apertura
de nuestras parroquias y comunidades a los gozos y las esperanzas, las
alegrías y los sufrimientos de nuestro mundo. Hacerlos nuestros es
misión y tarea de nuestra condición de cristianos. Así nos lo recordó el Concilio
Vaticano II (GS,1).
Vida y ministerio
17.
Para hablaros de las grandes posibilidades de nuestra vida, me ha
parecido necesario hablaros someramente del talante del ejercicio de nuestro ministerio.
Ahí radica la paradoja de nuestra propia existencia. Cuando mucha gente
piensa en sus posibilidades desde criterios de fama, de poder, de economía,
de bienestar..., resulta que nosotros estamos llamados a pensarlas precisamente desde la
entrega: quien busca su vida, la pierde; y quien la pierde, la gana en
plenitud (Cfr Mc 8, 35). Sin esa lógica evangélica de la cruz, que
humanamente es, en ocasiones, tan ilógica, todo lo nuestro se derrumbaría como un
castillo de naipes. Nuestra vida y nuestro ministerio están estrechamente unidos.
Fecundándose mutuamente en el día a día de nuestra existencia sacerdotal, nos van
ayudando a ser pastores según el corazón de Dios (Cfr Jr 3, 15). En esa meta
hemos puesto la alegría y la realización de nuestra vida. En el Documento final de
vuestras reflexiones sacerdotales con motivo de los 25 años del ministerio episcopal de
D. Rafael en la Diócesis, he visto reflejada la ilusión de caminar siempre hacia esa
meta. Por eso, os lo proponía al principio como documento de reflexión y estímulo
permanentes.
POR
EL SEMINARIO Y NUESTROS SEMINARISTAS
18.
Dando gracias a Dios por todos vosotros, hermanos sacerdotes, y por lo que sois y
significáis dentro de las comunidades cristianas, no puedo dejar de dirigir mi mirada a
nuestro Seminario Diocesano y dar gracias a Dios por nuestros
seminaristas. El último esfuerzo que habéis realizado entre todos para la remodelación
material del Seminario es una expresión más de la preocupación e ilusión con que
vivís el tema de las vocaciones al sacerdocio. Me incorporo a la
Diócesis, sin embargo, en un momento en que puede cundir un cierto desánimo. Nos pueden
parecer desproporcionados los esfuerzos con relación a los resultados. El haber
puesto mi tienda en el Seminario ha sido una cuestión práctica. Lo consideré
desde el principio como el lugar más adecuado para vivir entre vosotros. El no haber
vivido nunca, como sacerdote y obispo, en mi propia casa me pedía también
ahora buscar una solución que aligerara las necesidades de mi residencia.
Agradezco al Rector y a los Formadores el haberme prestado una acogida cercana y fraterna.
Y a los seminaristas, las numerosas pruebas de afecto y cariño que me dispensan.
Preocupados
19.
No precisamente por esta cercanía física, sino por lo que el
Seminario representa en el conjunto de la diócesis, me parece que nuestro futuro
inmediato nos pide a todos mirar al Seminario con ilusión y compromiso. En diferentes
ocasiones, a nivel de los organismos diocesanos competentes, habéis hecho del Seminario
objeto de vuestra reflexión, a la vez preocupada y esperanzada. Motivos para la
preocupación no faltan. El fundamental es el descenso de vocaciones. Ni en el
Seminario Menor ni en el Mayor estamos bajo mínimos, pero la situación nos
está reclamando a todos una reflexión a fondo sobre la necesidad del ministerio ordenado
para la Iglesia y sobre los modos concretos de promoción, acompañamiento y llegada a la
ordenación sacerdotal.
20.
La preocupación ha de ser, en efecto, de todos. Es de los formadores del
Seminario y de los responsables de la pastoral vocacional, y debe ser también de los
sacerdotes, de las familias cristianas, de los grupos de pastoral de juventud, del
conjunto de las parroquias. En el futuro del ministerio ordenado en nuestra Diócesis nos
jugamos mucho todos. Aunque la remodelación futura del servicio pastoral a nuestras
parroquias no tiene en la escasez de sacerdotes su motivo fundamental, ésta es un dato
que de coyuntural se puede hacer permanente y, de hecho, preveo que va a influir mucho en
lo que el Espíritu y nosotros decidamos que es necesario hacer.
Mi
experiencia de obispo me dice que las parroquias son muy sensibles a quedarse sin
cura residente, y que no lo son tanto a la hora de preguntarse cuántos curas han
dado a la Diócesis y a la Iglesia. También en el campo vocacional funciona el dicho del
Señor: hay más alegría en dar que en recibir (Hch 20, 35). Las
comunidades que dan vocaciones perciben, en efecto, la alegría de extender
hacia fuera de ellas mismas el Evangelio del que están gozosamente viviendo. Con
profundo agradecimiento miro a las comunidades parroquiales que saben promover y
acompañar las vocaciones sacerdotales en su seno. El futuro nos irá diciendo si no
tendremos que contar más con las parroquias, solas o agrupadas, para un cierto
acompañamiento institucional de las vocaciones sacerdotales.
Pero esperanzados
21.
El mayor motivo de esperanza lo descubro en la vida concreta de los
seminaristas. Todos conocemos las dificultades específicas del discernimiento
vocacional. Los que ya somos sacerdotes las hemos vivido en carne propia. Hoy,
sin embargo, el discernimiento se hace más difícil, porque ser sacerdote es, cada vez,
humanamente menos evidente. Las pautas culturales de la sociedad actual
zarandean con tal virulencia la vida y los sentimientos de los jóvenes, que cada
vocación lograda es sociológicamente un pequeño milagro. Y no sólo por la
vinculación del celibato a la ordenación y condición de vida sacerdotal, sino por esa
especie de inutilidad con que hoy se juzga todo lo gratuito, especialmente
cuando acontece en el campo de lo religioso. Añádase una cierta incapacidad
estructural de asumir compromisos de por vida, sobre todo cuando éstos comportan un
determinado grado de responsabilidad y esfuerzo a contracorriente.
22.
En este ambiente concreto, los seminaristas son motivo de esperanza. Los
menores, por la normal sencillez con que van abriendo su vida al posible
crecimiento del germen vocacional; los mayores, por la decisión, en muchos
aspectos contracultural, con que van planteando su incorporación al
presbiterio diocesano. El verlos tan como los demás jóvenes y, al tiempo, tan
fuertemente tocados por la llamada del Señor, infunde en el corazón de la Iglesia
diocesana no sólo el alivio por el ministerio sacerdotal del futuro, sino la alegría de
que la fe en el Señor pueda arraigar tan hondamente en el corazón de los jóvenes y que
a algunos los lleve hasta compromisos tan definitivos. No quiero ni pensar si algún día
nos viéramos obligados a cerrar nuestro Seminario por falta de vocaciones. En la línea
de las acciones simbólicas de los profetas, ese día tendríamos que decretar en toda
nuestra diócesis un duelo pastoral. Se nos habría muerto gran parte de
nuestra esperanza.
Y apostando por el futuro
23.
Que eso no llegue nunca está también en nuestras manos. La insistente oración, el
ambiente favorable al nacimiento y desarrollo de la vocación, la lógica de
la consagración dentro de los procesos de formación cristiana, especialmente de los
jóvenes, la atención a los signos de los tiempos para ir adecuando los caminos de
llegada al ministerio a las situaciones concretas que vivimos, como ya lo hicierais con la
institución del Año de Fundamentación, la mayor implicación de los sacerdotes y de las
comunidades en la promoción y acompañamiento de las vocaciones..., todo eso nos debe ir
ayudando a que nunca decaiga la esperanza. Al Seminario se le ha llamado gráficamente
el corazón de la diócesis. En el momento presente, desde él, es la
esperanza la que recorre todas las venas del cuerpo eclesial.
POR
LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
Los dedicados a la pastoral
parroquial directa
24.
Con muchas comunidades religiosas he podido ya tener un primer contacto,
necesariamente apresurado y casi sólo de saludo. Pero ya he podido constatar el beneficio
espiritual que supone vuestra presencia en el conjunto de nuestra vida diocesana. Algunas
comunidades estáis directamente comprometidas en la pastoral parroquial. Es vuestro
carisma fundacional o a él habéis integrado esta dedicación exclusiva. Desde ahí
os encontráis en el núcleo mismo de la atención pastoral, que tiene en la parroquia su
célula fundamental. Con vuestra dedicación personal e institucional y con el ejercicio
de la comunión pastoral con el resto de los sacerdotes e instituciones diocesanas,
enriquecéis la vida de nuestras parroquias y de nuestros arciprestazgos.
Siempre
he admirado el esfuerzo que realizáis los religiosos y religiosas directamente
comprometidos con la pastoral parroquial para servir a la parroquia, sin tratar de hacer
de ella una expresión exclusiva de vuestro especial carisma religioso, sino percibiendo
la necesidad de promover y apoyar la rica variedad de servicios, tareas y ministerios que
la parroquia está llamada a suscitar y a coordinar. Hay que subrayar, desde ahí, vuestra
apertura a la pastoral conjuntada desde las iniciativas diocesanas y arciprestales. Se
diría que, de algún modo, renunciáis a lo vuestro, para engarzar
gustosamente en lo de todos. Sin abdicar de vuestras fuentes
inspiradoras, y apoyados en vuestro peculiar carisma, hacéis una apuesta por lo que
es común a la pastoral parroquial.
Religiosos y religiosas de
vida activa
25.
Me ha producido mucha alegría la abundante presencia de religiosos y, sobre todo, de
religiosas de vida activa en ésta, mi nueva Diócesis. No sólo ni principalmente por lo
que hacéis, sino, sobre todo, por lo que sois. La maduración bautismal
que supone vuestra vida consagrada es un estímulo de santidad para toda
nuestra Iglesia diocesana. La universalidad de vuestros carismas y de
vuestras pertenencias introduce en todas nuestras comunidades y en el conjunto de la
Diócesis el recuerdo permanente de su catolicidad. Al dar gracias a Dios
por lo que gustosamente habéis aceptado ser en el seno de la Iglesia y del mundo, os
transmito mi compromiso de estar cercano a todos vosotros y vosotras, en momentos tampoco
fáciles para la vida religiosa.
26.
La mutua estima entre religiosos/as y parroquias / arciprestazgos / diócesis se muestra
especialmente en el reconocimiento, por nuestra parte, de la riqueza espiritual y humana
que significa la presencia de vuestras comunidades entre nosotros y en los trabajos
específicos que realizáis. Casi se podría decir que ninguno de los sectores más
sensibles, tanto de dentro como de fuera de la Iglesia, quedan sin la presencia
testimonial de religiosos y religiosas. La educación, la enfermedad, los ancianos, los
niños, la pobreza, la marginación, la atención a la juventud, la formación de vuestras
propias vocaciones, la atención a los sacerdotes y seminaristas... son campos que
conocéis por experiencia y a los que os dedicáis con ilusión y entrega. ¡Cómo no
reconocer y dar gracias a Dios por vuestra consagración y trabajo diario de creyentes,
especialmente liberados para la extensión del Reino!
27.
Percibo también en todos no sólo una relación jurídica y fría con el Obispo y con
toda la realidad pastoral diocesana y parroquial, como si fuerais un aparte
que fuera por libre en el trabajo eclesial. Os veo integrados e integradas en
la hermosa aventura de la comunión que Dios nos regala y nos pide construir. Estimo
vuestro deseo de que la vivencia exigente de vuestro carisma sirva al
fortalecimiento de la Iglesia como sujeto último de toda la tarea pastoral, también de
la vuestra. Arranca de ahí el buen funcionamiento de la CONFER diocesana, las actividades
conjuntas con los organismos diocesanos, especialmente con Pastoral Vocacional y con
Cáritas Diocesana y con la Pastoral Educativa y de la Salud, la incorporación de muchos
y muchas de vosotros a tareas pastorales concretas de las parroquias, aprovechando el
tiempo que os deja libre vuestra actividad ordinaria... Manifestaciones concretas de una
comunión eclesial que no sólo aúna esfuerzos, sino que suscita testimonio.
28.
Sé que proseguir en este camino no es fácil. Con razón nos pedís muchas veces que sea
más explícito y profundo nuestro reconocimiento y estima del carisma de la vida
religiosa en general y, en particular, del de cada una de vuestras Congregaciones y de las
comunidades que trabajáis entre nosotros. Lleváis toda la razón. Metidos muchas veces
en la preocupación de la pastoral parroquial, podemos llegar a pensar que las demás
realidades eclesiales son periféricas. ¡Hasta tal punto nos copa
la solicitud por nuestras parroquias! Y entre vosotros y vosotras sabéis que no faltan a
veces quienes piensan que la exención jurídica se traduce en una
exención pastoral, que, en la práctica, significa ir por libre,
con prioridades y objetivos propios, en medio de una Iglesia que establece seria y
pedagógicamente los raíles para ir avanzando en su propia comunión. El predominio del
esfuerzo por sintonizar lo propio con lo común será siempre un ejercicio eclesial de
gran fecundidad apostólica. Percibo que estamos en ese camino y por ahí debemos
proseguir con decisión ilusionada.
Las
monjas contemplativas
29.
Especiales gracias a Dios debemos dar por nuestros monasterios de vida
contemplativa. Entre nosotros, todos ellos son de monjas. ¡Cómo nos
enriquecería también el que hubiera, al menos, uno de monjes! Nuestras puertas están
abiertas, aunque pueda ser sólo un hermoso sueño. Y es que, lo sabemos, la
vida contemplativa pasa por un momento de especial crisis en nuestra sociedad
contemporánea. Nunca como hoy nos ha costado tanto trabajo el ir a lo
esencial. A aquello que Jesús señaló como lo único necesario frente
a la activa y hacendosa Marta (Cfr Luc 10, 42). A ella le parecía que su hermana María,
junto al Señor, acogiendo toda palabra que salía de su boca, estaba perdiendo el tiempo.
A muchos, incluso dentro de la Iglesia, la contemplación les parece una pérdida de
tiempo. También a nosotros nos cuesta trabajo ir a lo esencial.
30.
Mi agradecimiento a Dios por nuestras monjas contemplativas, por todas y cada una de
ellas, quisiera ser también una toma de conciencia personal, ofrecida a toda la
Diócesis, de la necesidad ineludible que todos tenemos de orar. Orar sin desfallecer.
Orar en toda ocasión y circunstancia. Pero orar también liberando tiempos concretos, con
ritmos significativos, para la contemplación del misterio de Dios, revelado en Jesucristo
y participado en nosotros por la fuerza del Espíritu: vendremos a él y
haremos morada en él (Jn 14, 23). Un ambiente de profunda oración podría
significar también la preparación de la tierra vocacional para la vida
contemplativa. Cuando la tierra está agostada y sin agua difícilmente
germina la semilla. Esa es, sin duda, una de las causas por las que algunos de nuestros
monasterios pasan por una crisis vocacional grave. Alguno ha sido recientemente cerrado, y
la situación de otros es preocupante. El momento no nos puede dejar indiferentes.
31.
Para los propios monasterios significa una llamada de Dios. Una invitación a leer los
signos de los tiempos y a hacer de la vida contemplativa un hecho apetecible
para la vida del creyente. La apertura de los monasterios a la promoción de la
contemplación como modo de ser en el Señor y ser para el Señor,
haciendo de ellos escuelas de oración abiertas a la comunidad eclesial; y la
hondura del mismo desarrollo de la vida monacal, alimentada por la formación integral
como camino de madurez creyente y humana, pueden ser algunos de los reclamos que el
Espíritu nos hace llegar a todos desde las situaciones difíciles que se nos crean. De
nuevo os recuerdo que la escasez de vocaciones para la vida contemplativa no es un
problema que afecte sólo a las monjas de clausura, es una cuestión de expresión de vida
cristiana que a todos nos reclama y nos urge.
Otras formas de vida
consagrada
32.
Me ha dado también alegría encontrar en la Diócesis otras realidades de vida
consagrada, en Institutos Seculares y en otras asociaciones de fieles, fuera del
ámbito jurídico de la vida religiosa. No importa que el número sea más pequeño. Ahí
están, en medio de las realidades del mundo, como germen de consagración y de
instauración de todas las cosas en Cristo (Cfr Ef 1, 10). Doy gracias a Dios
por sus vidas, por sus trabajos y por su testimonio. Precisamente por su forma externa de
vida, específicamente secular, son realidades menos visibles institucionalmente, pero no
por ello menos importantes. Ni siquiera las especiales dificultades para vivir la
consagración en medio del mundo deberían restar fuerza secular a estas experiencias. La
tendencia, en efecto, a inclinarse más hacia la vida religiosa institucionalizada que
hacia la consagración en medio del mundo, puede mermar la originalidad de su carisma. La
ayuda que prestemos a estas vocaciones de especial consagración redundará en
beneficio de toda nuestra Iglesia diocesana. ¡Ojalá que fuera una aportación mantenida
siempre en su dimensión secular! Sería un estímulo de Iglesia que
está en el mundo, sin ser del mundo (Cfr Jn 17). La difícil
tarea de mantener la secularidad sin derivar a secularismo.
POR
TODOS LOS SEGLARES Y SU MISIÓN EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
33.
Doy especiales gracias a Dios por todos vosotros, hermanos y hermanas, seglares
de este Pueblo de Dios que formamos y que, sobre todo a través vuestro, camina por las
tierras y la historia de nuestros pueblos y ciudades, de nuestros barrios y nuestros
campos, de nuestras fábricas y nuestras instituciones, de nuestras familias y de nuestros
centros educativos, de los partidos políticos y de los sindicatos, de las asociaciones y
de los grupos humanos... Encarnáis nuestra Iglesia en las realidades del mundo. Ahí sois
fermento y sal (Cfr Mt 5, 13). Levadura para que fermente toda la masa (Cfr Mt 13, 33).
Sois Iglesia en el mundo y mundo en la Iglesia.
34.
Viniendo de las diócesis de Teruel y Albarracín, de mucha menos población y extensión
que la de Ciudad Real, y después de una permanencia allí de más de 18 años, yo traigo
la profunda satisfacción de un conocimiento muy cercano de prácticamente todos los
seglares de aquellas Iglesias particulares. Desde el principio, me he dado cuenta de que,
cambiados estos presupuestos sociales, no me va a ser posible el mismo grado de contacto
directo con todos y cada uno de vosotros. Es una especie de tributo que hay
que pagar en las diócesis más extensas. Pero, tened la seguridad de que no voy a ahorrar
esfuerzos por estar cercano a todos, especialmente a quienes participáis en
responsabilidades parroquiales o de movimientos apostólicos y asociaciones eclesiales.
35.
Sacramentalmente unidos en el presbiterio diocesano, los sacerdotes que os sirven día a
día son la presencia habitual del ministerio ordenado entre vosotros. La mía, como
Obispo y Pastor del conjunto de nuestra Iglesia, no puede ser en todos y cada uno de los
lugares lo mismo de intensa, y, desde luego, no deberá nunca suplir ni concurrir con la
de aquellos que son necesarios colaboradores en mi ministerio episcopal, los sacerdotes.
La confianza que supone la encomienda de un cargo pastoral a un sacerdote, le hace ser, en
el lugar concreto donde ejerce su ministerio, la referencia sacramental permanente de la
presencia de Jesucristo, Pastor y Cabeza de su Iglesia. Lo que no quiere decir que cada
sacerdote pueda ir por su cuenta, ni que en la parroquia sea él el único
responsable.
Una
dimensión de su comunión sacramental lo une estrechamente al Presbiterio Diocesano y al
Obispo; y, otra, no menos importante, le debe hacer sentir la necesaria presencia de los
laicos en la actividad de la parroquia y en la misión de la Iglesia hacia el mundo, como
un elemento imprescindible de la comunidad cristiana que está llamado a convocar. La
fuerza integradora del bautismo a la vida de Dios y a la vida de la comunidad no la
concede el sacerdote; es un don de Dios en Cristo Jesús, que el sacerdote está
llamado a reconocer, acompañar y manifestar en la incorporación y conjunción de todos,
para el bien de la propia Iglesia y para la salvación de todos los hombres.
En la diversidad de
situaciones: los más alejados
36.
La hermosa y coherente doctrina conciliar sobre los seglares, en el conjunto del
tratamiento del Pueblo de Dios, y sobre el bautismo como el sacramento fundamental, que
nos hace a todos miembros de ese Pueblo, iguales en dignidad (la dignidad de hijos de
Dios), y llamados (vocacionados) a desarrollar el bautismo en nuestra vida como fundamento
y estímulo de auténtica santidad, se traduce, sin embargo, en el contexto de nuestras
parroquias, en situaciones muy diversas. Tan diversas que el tratamiento pastoral del
conjunto de los bautizados tiene que ser necesariamente diferenciado.
37.
El sacramento del bautismo, por el que formamos parte del Pueblo de los Bautizados, lo
hemos recibido la mayoría de nosotros siendo niños, apenas recién nacidos. Tan
incapaces de actos personales, que otros (nuestros padres y padrinos) tuvieron que actuar
por nosotros. Lo hicieron conscientes de que nos abrían a la vida nueva que
Dios regala. Pero la vida nueva de Dios en el niño bautizado es tan frágil como la vida
humana misma. Ésta la cuidamos y acompañamos progresivamente hasta que el niño llega a
la madurez. Hacemos bien en no dar por supuesto que el niño nace aprendido.
Ese es el sentido de todos los cuidados materiales, educacionales, culturales... de
la familia y de las demás instituciones. La vida frágil del bebé se va fortaleciendo
por fuera y por dentro. Luego, sepa Dios por dónde cada uno tire, pero no ha faltado en
ningún momento la ayuda al crecimiento. Sin ella, sencillamente no seríamos
lo que somos.
38.
Pero, en muchos casos (demasiados, diría yo), no ocurre lo mismo con la vida de Dios, esa
que en el pequeño es también frágil, como frágil es todo en él. En este nivel nos
parecemos mucho a la madre que da a luz y abandona al hijo de sus entrañas. Creo que
todos somos concientes de que hay mucha vida de Dios, abandonada después de haberla hecho
nacer en las aguas del bautismo. La atención de la familia al despertar
religioso de los niños; el ambiente de fe vivida y celebrada que rodea todo su
proceso de crecimiento en la familia, la preocupación seria por los procesos de
catequesis (que no terminan con la Primera Comunión)..., todo eso, es necesario para que
se alimente la vida de Dios recién nacida en el bautismo. Cuando todo eso no se da, o se
da solo por cumplir, o porque siempre se ha hecho así..., el
resultado es una inmensa cantidad de bautizados que no ejercen.
39.
Muchos de ellos sencillamente abandonaron no sólo la pertenencia consciente a
la comunidad cristiana, sino también la misma fe en Dios. Los sociólogos hablan de la
facilidad con que se da el paso desde la ausencia de práctica religiosa a una total
indiferencia. Eso explica que, aun manteniéndose estable el número de
quienes en nuestra sociedad española se profesan explícitamente ateos o agnósticos,
aumente considerablemente el número de indiferentes, especialmente entre los
más jóvenes. A la falta de alimento para la fe recibida, se añade un ambiente
socio-cultural que nos encorva sobre nosotros mismos, cerrándonos a toda experiencia de
aquello que nos trasciende. Pero son los mismos sociólogos quienes, en contra de las
previsiones que vaticinaban una secularización generalizada de nuestra sociedad, dejan
constancia de una reviviscencia de prácticas religiosas (a veces puramente esotéricas)
por parte de toda esa amplia franja de quienes a sí mismos se definen religiosamente como
indiferentes.
40.
En los pueblos y ciudades de nuestra Diócesis, la inmensa mayoría de estos
indiferentes son bautizados. Y las prácticas religiosas que los sociólogos
descubren como nostalgia de algo que se resiste tenazmente a desaparecer,
tienen siempre que ver con el ámbito de la práctica religiosa cristiana: con los
sacramentos así llamados de paso: bautismo, primera comunión, matrimonio y
muerte; o con las manifestaciones externas de la religiosidad popular cristiana, en las
que, a veces durante siglos, se han ido mezclando los aspectos culturales, y hasta
folclóricos, con los aspectos más claramente religiosos.
41.
El bautismo de tantas personas, vivido en situaciones de práctico olvido, no
deja, sin embargo, de ser motivo de esperanza. Con todos los sacerdotes, con todos los
agentes de pastoral de nuestras parroquias, con todos los movimientos y asociaciones de
apostolado..., quisiera dedicar especiales esfuerzos pastorales a despertar el
bautismo dormido en esa gran mayoría que, a través de él, continúa, sin embargo,
formando parte de este Pueblo de Dios que es nuestra Iglesia.
No
sé si muchos de quienes estáis en esta situación de indiferencia práctica
respecto a la fe y a la comunidad cristiana llegaréis a conocer estas reflexiones que os
hago. Sabed, de todos modos, que la responsabilidad religiosa que con vosotros tengo por
haber sido bautizados un día en Cristo Jesús e incorporados a su comunidad de
discípulos, me hace sentirme cercano a todos y cada uno de vosotros y vosotras. Siento el
vivo deseo de continuar estimulando los caminos de ida y vuelta (de la
comunidad cristiana hacia vosotros y de vosotros hacia la comunidad cristiana), que puedan
hacer verdad un acercamiento gozoso de todos al Señor Resucitado. Ojalá que sepamos
todos reconocerlo en la fracción del pan (la celebración de la eucaristía), en la vida
fraterna (la consolidación de la comunidad) y en la entrega generosa y renovada para
hacer entre todos un mundo más justo y humano (nuestro servicio al mundo).
42.
Cuando, desde esas situaciones vitales de indiferencia práctica
respecto a la fe y a la comunidad cristiana, os llegáis hasta la parroquia para solicitar
alguno de los sacramentos o para participar en las manifestaciones externas de la fe, no
consideréis nunca como un reproche la insistencia de los pastores y de la
misma comunidad en la necesidad de una preparación que toque realmente las actitudes
internas y ayude a despertar vuestro propio bautismo dormido. No se trata de
reproches, ni de cortapisas, ni de obstáculos, ni mucho menos de eso que a veces aflora
en vuestros labios: de querer quitaros la fe. Justamente se trata de lo
contrario: de querer aumentar vuestra fe. Todos, especialmente cuando, por
diversas circunstancias, nos encontramos más alejados, deberíamos hacer salir de nuestro
corazón, con sinceridad, aquella petición del ciego al acercarse a Jesús: Señor,
yo creo, pero dudo, aumenta mi fe (Mc 9, 23). La duda, aunque tenga mala prensa
en el tipo de hombre competitivo de hoy, es muy humana, y debe ser aceptada desde la
honradez, que no es negación ni mucho menos oposición a la fe. De todas nuestras
prácticas religiosas, a veces vividas tan superficialmente y tan por cumplir,
realizadas tan ciegamente, podríamos hacer, con la gracia sanante del Señor,
la experiencia del milagro que nos diera la vista. La vista interior que necesitamos para
acoger el misterio de Dios; para reconocerlo manifestado en el Señor Resucitado; y para
vivirlo gozosamente en la comunidad cristiana para servicio del mundo.
43.
Como veis, se trata de un proyecto de estímulo y de ánimo. Un proyecto que a
mí personalmente y a nuestra Diócesis nos llena de esperanza. Reavivar el rescoldo
de la fe en todos, para que podamos llegar a dar razón de nuestra
esperanza (1Pe 3, 15). Lo necesitamos especialmente en estos momentos en los
que, junto a un mayor índice de bienestar material, sentimos cada vez con más fuerza el
vacío interior. Traducido, con frecuencia, en vacío de valores, de actitudes, de
comportamientos, de disponibilidad para tareas comunes que merezcan la pena. Ese vacío no
lo llenaremos nunca, si acudimos a la comunidad de los discípulos del Señor, a nuestra
propia parroquia, con la mentalidad de quien va a surtirse de unos servicios
religiosos, que nada tienen que ver con el estilo diario de su propia vida. Porque,
para que tengamos vida, y vida en abundancia (Cfr Jn 10, 10) vino el Señor y
continúa su presencia entre nosotros.
44.
Me he extendido pretendidamente en esta referencia y saludo a quienes son la
mayoría de nuestros bautizados. A ellos debemos mirar todos con especial esperanza. No
podemos apagar el pábilo vacilante ni quebrar la caña cascada (Is 42, 3). La
unión que tienen con la comunidad cristiana, aunque sólo sea con la fragilidad del
cordón umbilical, tiene que estimular nuestra imaginación
pastoral para ayudar a recordar, a revivir, a proyectar... El comienzo organizado,
hace dos años, de la Catequesis de Adultos, el estilo serio y atrayente de la
preparación a los sacramentos, la implicación de los padres en los procesos
catequéticos de los hijos, la iluminación evangélica de los acontecimientos de la vida
de cada día, el acompañamiento y la cercanía sencilla y estimulante con todos, la
progresiva profundización cristiana de las manifestaciones de religiosidad popular...
pueden ser otros tantos cauces que nos ayuden en esta tarea de auténtica evangelización.
Son, en efecto, estas situaciones, comunes a todos los países de Europa y vividas entre
nosotros con matices especiales, las que van haciendo de nuestros pueblos verdadera
«tierra de misión» .
En la diversidad de
situaciones: los practicantes
45.
Os saludo también, y doy gracias a Dios por vosotros, a todos los bautizados,
seglares de nuestras parroquias, que mantenéis una relación más permanente con la
comunidad, a través, sobre todo, de la participación en la eucaristía dominical.
Son también los sociólogos los que os llaman practicantes. Si alguna vez
habéis respondido a alguna encuesta, habréis rellenado esa casilla. Y vosotros mismos,
si sois preguntados, os definís como católico practicante. La eucaristía
dominical en la que regularmente participáis, es la fuente más genuina de la que puede
brotar una permanente renovación en vuestra vida cristiana. Esa renovación está llamada
a germinar. A condición, claro está, de que vuestra participación eucarística
dominical no sea mera rutina. Y de que entre todos cuidemos bien la calidad y el talante
pastoral de la celebración.
46.
En la eucaristía, en efecto, nace la Iglesia y desde ella crece. Con el
compromiso de cada una de nuestras parroquias por una buena preparación y realización de
la celebración de la eucaristía del domingo, os queremos ayudar a todos los que
participáis en ella, a dar un paso más. Os sentiréis muy a gusto dándolo. Porque más
de una vez os habéis preguntado en qué queda la celebración de la misa del domingo, una
vez que el sacerdote nos ha dicho: podéis ir en paz. Creemos, a veces, que,
con esa despedida litúrgica, se nos está aplazando hasta el domingo siguiente. Lo malo
es que nos tomamos en serio la despedida y la semana transcurre como si la eucaristía no
nos hubiera servido para nada.
47.
Pero la eucaristía y la vida son dos dimensiones inseparables de la única
existencia cristiana. Si la eucaristía alimenta la vida; la vida expresa la eucaristía.
Y esto ocurre en dos direcciones: en la que nos lleva a nuestra vida ordinaria con un
renovado espíritu de sencillo compromiso de ser mejores y de hacer mejores las cosas que
nos rodean; y en la dirección que nos lleva a vivir nuestra pertenencia a la comunidad
que celebra como miembros activos, que saben y quieren participar en las diferentes
actividades de la parroquia a la que pertenecen. ¡Cómo nos cuesta trabajo esa
disponibilidad! A la eucaristía dominical no se va; en ella se
participa. Y esa participación se va ensanchando hasta otras manifestaciones de la
vida de la parroquia. Es como en la vida de la familia: uno no va a su casa
sólo a comer (y, además a mesa puesta); la verdadera integración familiar
nos pide participación en un proyecto común. El podéis ir en paz de la
despedida significa precisamente eso: ya que habéis participado vosotros, haced
partícipes a todos de ese Reino que a todos nos convoca.
48.
En las últimas reflexiones pastorales que habéis realizado, especialmente con
motivo de la Visita Arciprestal, he visto que insistís en este punto. Y que en
el gran número que aún conforma esta otra franja de bautizados en las parroquias,
percibís ya una notable ausencia de jóvenes, y, entre los mayores, que escasean los
varones. Es un reto que debemos asumir entre todos. Una eucaristía dominical, celebrada
con hondura de fe, con disposición acogedora de la Palabra de Dios, con una homilía que
acerque la Palabra y, desde ella, ilumine la vida, con la posibilidad de comulgar el
Cuerpo de Cristo, con la vivencia de fraternidad y cercanía entre todos... es una
experiencia de vida cristiana, llamada a renovar poco a poco la totalidad de la existencia
y a provocar compromisos mayores.
Dar
sentido hondo a lo que hacemos, distanciándonos del simple cumplimiento en
las cosas de la fe, nos debería ayudar también a revisar el ofrecimiento dominical de
eucaristías en cada parroquia. Facilitar el cumplimiento dominical no equivale a una
multiplicación indiscriminada de celebraciones que merma, incluso, la importancia y la
centralidad mismas de la eucaristía dominical, como celebración de la comunidad. En la
celebración, no sólo se comulga el Cuerpo de Cristo, sino que se
comulga también con su Cuerpo eclesial, que es la comunidad. En torno a la
Mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos sentimos más familia.
49.
Al dar gracias a Dios por todos vosotros que os identificáis con la comunidad
cristiana principalmente por vuestra asistencia a la misa dominical, os animo a que
renovéis intensamente la calidad de vuestra presencia en la Iglesia cada domingo, o la
mayor parte de ellos. Ante todo, hacer de la simple asistencia una verdadera celebración;
y de la celebración, no un acto aislado, sino la expresión gozosa y familiar de
pertenencia a la gran familia de los hijos de Dios, que es vuestra propia parroquia.
En la diversidad de
situaciones: los evangelizadores
50.
Doy especiales gracias a Dios por tantas y tantas personas, mayores y jóvenes,
varones y mujeres que, conscientes de que el verdadero cristiano es necesariamente
apóstol, dedicáis parte de vuestro tiempo a las diferentes tareas de la evangelización.
Sé que lo hacéis con grandes sacrificios personales y familiares. Y, a veces, sin el
reconocimiento, o hasta con la sospecha y la desconfianza, del resto de la comunidad. Me
consta que, en muchas ocasiones, el primer obstáculo que tenéis que superar para
dedicaros a tareas de la pastoral de vuestra parroquia, es el qué dirán. La
historia de muchas inhibiciones a la hora de entregar parte del propio tiempo al
trabajo pastoral, está tejida por el miedo. No se trata de un miedo a dar
testimonio de Cristo, sino a hacerlo en situaciones concretas y cercanas en las que, por
conocernos unos a otros tan íntimamente, sentimos más ser vigilados y juzgados que
animados y estimulados. Sobre todo, en las ocasiones en que nosotros mismos percibimos y
manifestamos nuestra propia debilidad como creyentes.
51.
Y es que la situación de participación responsable en la pastoral de la Iglesia
no nos hace mejores que los demás. La tentación de creernos así nos acecha siempre. Si
sólo los que ya son santos pudieran trabajar pastoralmente en nuestras parroquias, me
parece que el Espíritu Santo iba a tener pocos instrumentos de carne y hueso entre
nosotros. Nos vamos haciendo santos, a medida que el proyecto pastoral que llevamos entre
manos nos afecta y nos implica personalmente. Y, desde él, hacemos nuestro propio camino
personal de fidelidad al Señor. No somos unos buenos funcionarios del trabajo
pastoral, sino testigos que, con la sencillez de su vida y de su palabra,
comunican a otros el misterio y la vida de Cristo. Sé también que dedicasteis el pasado
Año Jubilar a una intensa acción diocesana, dirigida especialmente a los
evangelizadores. Y que de allí sacasteis la motivación interior necesaria para continuar
siendo fieles al Señor en las tareas concretas que vuestra propia parroquia os encomienda
y que vosotros aceptáis generosamente. Aquellas reflexiones continúan siendo válidas y
a ellas deberemos recurrir todos para mantenernos siempre en forma.
52.
Tratar de enumerar la amplitud de acciones pastorales en las que estáis
integrados es siempre peligroso, porque alguna se puede quedar fuera del
recuento. Pero, ¿cómo no recordar a los catequistas de las diferentes
etapas, los animadores de grupos de jóvenes, los voluntarios y trabajadores de Cáritas,
los grupos especialmente dedicados a la actividad litúrgica (desde los ministros
extraordinarios de la comunión hasta quienes cuidáis del templo), los animadores de la
pastoral familiar, de la pastoral obrera y de la pastoral rural, de los grupos misioneros,
de los así llamados nuevos movimientos, los profesores de religión, los
agentes de la pastoral de la salud, los voluntarios de la pastoral penitenciaria...?
¿Cómo
no pensar en todos los que trabajáis, desde asociaciones y movimientos apostólicos que
radican en la parroquia, con especial dedicación a los más abandonados humana y
socialmente, en los dedicados a la oración y adoración del Santísimo, intercediendo por
todos; o en quienes, perteneciendo a las Hermandades y Cofradías, habéis encontrado en
ellas un estímulo de vida parroquial más intensa; en quienes, con gran sacrificio y
disponibilidad, traspasáis las fronteras de vuestra propia parroquia, para evangelizar en
nuestras zonas rurales más deprimidas, o en acciones arciprestales que sirven al conjunto
de la pastoral de la zona? ¿O cómo no subrayar la aportación, el acompañamiento y el
estímulo que a todos nos viene de quienes sois miembros activos de los Consejos
Parroquiales de Pastoral, de los Consejos de Economía y de otras instituciones de la
parroquia, del arciprestazgo y de la Diócesis? Y un gran etcétera, que no
significa olvido, sino imposibilidad de enumeración precisa.
53.
Nuestro voluntariado pastoral es una inmensa riqueza eclesial. Es
claro: sin vuestro trabajo y dedicación, la pastoral de nuestras parroquias estaría
enormemente empobrecida. Y lo hermoso es que lo hacéis, no para echarnos una
mano de buena voluntad a los sacerdotes, cuando no podemos llegar a tanto. Lo
hacéis, más bien, desde una conciencia de vuestra propia responsabilidad de
bautizados que quieren ejercer como tales. Me gustaría lanzar una llamada,
sobre todo a los jóvenes y a los varones, para que se incrementara la fuerza y el impulso
de esta riqueza pastoral de nuestras parroquias. Vosotros mismos, en vuestras interesantes
reflexiones sobre el tema, apuntáis en esta dirección: hacia el
rejuvenecimiento del voluntariado pastoral y, reconociendo y pidiendo la
inestimable y siempre necesaria aportación pastoral de tantas y tan generosas
mujeres, hacia la convocatoria de hombres cristianos, jóvenes y adultos, que, desde
su fe, se comprometan también en la actividad pastoral. Arrastramos una especie de
inhibición masculina en la tarea pastoral de las parroquias, que sería
preciso romper, sobre todo con la valentía de los mismos hombres cristianos de nuestras
parroquias, que los hay y con muy buena disposición.
54.
Preveo que, en la nueva estructuración del servicio pastoral que tenemos que
emprender como acción prioritaria, va a ser muy decisiva la situación del
voluntariado pastoral en todas y cada una de nuestras parroquias, tanto para
la actividad en la propia comunidad como para una cierta salida misionera de
agentes de pastoral a las parroquias más necesitadas. El ejercicio de participación y
corresponsabilidad que ya estáis realizando, y sobre el que ha insistido la segunda
línea diocesana: en la Iglesia, es una base sólida para poder avanzar con
esperanza en esta responsabilidad eclesial. Con vuestro trabajo y vuestro testimonio,
vosotros sois presencia eclesial y anuncio evangélico allí donde
realizáis vuestra misión, porque sois realmente enviados.
Nos
queda mucho que recorrer para que así sea reconocido por todos. Son muchos años en los
que todos, también las comunidades cristianas, hemos tenido la presencia eclesial
excesivamente ligada a la presencia física del sacerdote en la realización directa de
todas y cada una de las actividades. Entre todos hemos clericalizado demasiado
la acción pastoral. Los hábitos de dependencia que esa situación ha creado son
difíciles ahora de remover. Necesitaremos una buena campaña de sensibilización, desde
los presupuestos teológicos y pastorales que sustentan vuestro trabajo diario en la
pastoral.
55.
Mientras recorremos juntos ese camino, yo quiero dar gracias a Dios por todos
vosotros y vosotras. Estoy seguro de que os llegaré a conocer a todos personalmente,
porque, de una manera u otra, el Señor nos ha puesto en el mismo camino de los
duros trabajos del Evangelio.
En la diversidad de
situaciones: los militantes de movimientos apostólicos
56.
Cuando pienso en los seglares, necesariamente me fijo también en los bautizados
que, acogiendo su llamada específica a realizar la vocación cristiana desde su
índole secular, han optado por dar razón de su esperanza desde
la inmersión comprometida en las diferentes realidades del mundo. Lo político y lo
social, el trabajo y la educación, la familia y el barrio, la justicia y la
solidaridad..., todo el amplio campo de las que llamamos realidades temporales
es el campo específico del testimonio cristiano del seglar. Muchos de
vosotros y vosotras realizáis este compromiso viviendo cristianamente la propia
condición personal, familiar y social, y vuestra propia profesión. Sentís, en efecto,
la necesidad de que haya coherencia entre la fe y la vida. Intentáis hacer verdad la
exhortación del Concilio Vaticano II cuando nos invita a todos a superar el divorcio
entre lo que creemos y lo que vivimos, en el día a día de nuestra existencia (Cfr GS,
19).
Es
tan importante esta coherencia vital que el mismo Concilio asegura que, cuando no existe,
los cristianos somos causa del ateísmo de mucha gente (Cfr Gs, 19). La gente sencilla de
nuestros pueblos es muy sensible a esta coherencia. Vosotros mismos sabéis cómo nos
acusan con frecuencia de creer por un lado, pero de vivir por otro. El mismo Jesús nos
exhortaba a que, viendo nuestras buenas obras, la gente glorifique al Padre que
está en los cielos (Mt 5, 16). A él suplicamos que, por nuestra
causa no queden defraudados los que esperan en él (Cfr Sal 69, 7).
57.
Se trata del testimonio cristiano, al que la Exhortación Evangelii
Nuntiandi da una importancia tan decisiva en el proceso de la evangelización.
Sin él, al que todos estamos llamados por nuestro bautismo, nuestra tarea evangelizadora
carecería de uno de sus elementos fundamentales. El testimonio de la fe, que se hace
vida, no reclama sólo al obispo, los sacerdotes y los religiosos/as. Todos estamos
llamados a darlo, haciendo que nuestra vida, en muchas ocasiones a contracorriente
respecto a lo que se lleva, provoque en todos el interrogante acerca de las
motivaciones que nos empujan. Se trata de un estilo de vida que, desde el evangelio, nos
hace sentirnos más a gusto con nosotros mismos y con los demás. Lo específico de todos
los seglares es que el campo donde dais este testimonio es el mundo, ese haz de
relaciones, instituciones, leyes, profesiones... que compartís con otra mucha gente que
no tiene fe o que la tiene tan debilitada que no se traduce en nada. Ahí, nadie puede
escaparse de su condición de seglar cristiano, refugiándose en
el templo para vivir su religiosidad como una realidad aparte.
58.
Pero, entre los diversos carismas que el Espíritu suscita en nuestra Iglesia, ha
querido que no falten los bautizados que, asociándose, dedican su tarea
fundamental a alimentar con la gracia divina sus raíces seculares y a
tratar de transformar con la fuerza del Evangelio las estructuras humanas en las que
vivimos. Surgieron así en la Iglesia los movimientos apostólicos, llamados
también movimientos de ambiente, precisamente porque intentan vivir la fe en
la intemperie de las mediaciones políticas y sociales. No se quedan sólo en la necesidad
del testimonio personal, sino que quieren salir a la plaza pública para
revalidar ahí la validez del Evangelio como inspirador de compromisos sociales serios y
sostenidos. En ellos tiene una interesante piedra de toque la relación de la
Iglesia con las realidades temporales, que va a ser objeto de nuestra Línea Pastoral
Diocesana durante el presente curso.
59.
Las especiales dificultades que encierra este modo de vivir el cristianismo, las
exigencias que los Movimientos plantean en sus procesos de formación, así como una
cierta fobia entre nosotros a apuntarnos a cualquier tipo de
asociación, hace que estos Movimientos, especialmente los de la Acción Católica, sean
escasos entre nosotros y que el número de sus miembros sea también reducido. Por
eso, doy gracias a Dios por quienes disteis el paso a la militancia, y os
animo a no desfallecer. ¡Ojalá que la Línea Pastoral Diocesana de este curso, que
invita a toda nuestra Iglesia a mirar al mundo, pudiera ser una buena
sementera para vocaciones seglares militantes! En ese empeño no estáis embarcados sólo
vosotros. Debe ser un compromiso de toda la Diócesis.
60.
Me he extendido a propósito en esta acción de gracias a Dios por todos
vosotros, los diocesanos de esta Iglesia particular de Ciudad Real. Me ha parecido que, de
este modo, dando gracias y apuntando hacia el perfil de cada grupo, podríamos
hacer entre todos un repaso acerca de dónde nos encontramos en el conjunto de
este Pueblo de Dios que formamos. En definitiva, todos somos el sujeto de la
acción pastoral de toda nuestra Iglesia, de cuyas concreciones para este año os voy a
hablar a continuación. Pero, evidentemente, lo somos según una variedad de situaciones y
circunstancias que deberemos tener presentes para no frustrarnos en nuestro trabajo
global.
Al
terminar esta especie de presentación de la geografía humana de nuestra
Iglesia diocesana, no puedo ocultar que me viene al corazón y a los labios el deseo de
Moisés. A los que recelaban de aquellos a quienes él había incorporado más
estrechamente a su ministerio, les respondió: ¡ojalá que todo el pueblo fuera
profeta! (Núm 11, 29).
II.
UNA IGLESIA EN CAMINO
61.
Esta ha sido mi impresión al incorporarme como Pastor a nuestra Iglesia de Ciudad Real.
Se trata de una Iglesia en camino. Una iglesia sabedora de su origen (en la unidad
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo), y de su meta: caminamos hacia el
Padre, en el Señor, por el Espíritu. Conocedora, por tanto, de su condición de
peregrina y portadora de la Buena Noticia de la salvación para los hombres y
mujeres de esta tierra manchega.
Una
Iglesia consciente de su ser y de su quehacer; de su identidad y de su misión. Una
Iglesia preocupada por el fortalecimiento de su fe, reclamando para sí misma una
adhesión viva y personal al Dios revelado en Jesucristo; empeñada en ser comunidad de
discípulos y comprometida en anunciar a todas las gentes las maravillas que Dios realiza
en ella como gracia para el mundo. Una Iglesia preocupada por no perder la
mística en medio de su necesaria y, hoy, más compleja organización pastoral. Una
Iglesia que quiere confesar siempre que la salvación no está en otro, sino en
Jesús; es decir, que bajo el cielo no tenemos los hombres otro diferente de él al que
debamos invocar para salvarnos (Hch 4,12). Una Iglesia, por tanto, que no hace
de ella misma la meta de su misión. Una Iglesia des-centrada: hacia la
Trinidad, de donde procede y a donde camina, y hacia los hombres, a los que ama y sirve
como reflejo sacramental del Dios que tanto amó al mundo que le entregó a su
Hijo único para que tenga vida eterna (Jn 3,16).
Entre
el ideal y el realismo
62.
Sin duda pensáis que estoy idealizando la realidad de nuestra
Iglesia diocesana, conocedores cercanos, como sois, de sus limitaciones, sus carencias,
sus infidelidades, y de los pecados de los que somos sus miembros. La descripción misma
de la que he llamado la geografía humana de nuestra Iglesia de Ciudad Real
refleja que, en la realidad, no siempre ni todos colaboramos a que el rostro de nuestra
comunidad eclesial sea como el ideal que describe San Pablo en la carta a los Efesios: una
Iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni nada parecido, una iglesia santa e
inmaculada (5,27). Es verdad. Nuestro día a día se debate, con frecuencia,
entre el deber ser y el ser, entre los ideales y las realizaciones imperfectas. Y es que a
las realidades encarnadas en la historia se les pega también el polvo del camino.
Habrá
situaciones en las que yo mismo no estaré a la altura de lo que me pide mi ministerio; o
en que los sacerdotes no encarnemos con claridad y compromiso el ideal de Jesús,
buen pastor en medio de nuestras comunidades; o en que los religiosos y
religiosas no nos muestren en toda su radicalidad las exigencias evangélicas de su
opción; o en que los seglares, los miembros más numerosos de este Pueblo de Dios que
formamos, no se tomen en serio su propia fe, dejándola más como un barniz externo que
como aquel cambio de actitudes, de centros de interés, de motivos para la acción que nos
pide a todos el seguimiento del Señor. Porque, según nuestras propias responsabilidades,
todos podemos oscurecer la santidad que le viene a nuestra Iglesia de su unión con el
Señor.
En camino
63.
Pero, en medio de todas estas dificultades y limitaciones, yo tengo que dar fe del camino
recorrido por esta Iglesia de Ciudad Real que, desde hace unos meses, es también la mía.
Por recordar tan sólo las últimas etapas de esta andadura, quiero subrayar la seriedad
pastoral con que esta Diócesis acompañó las especiales iniciativas lanzadas por Juan
Pablo II a la Iglesia Universal para la preparación y realización del Jubileo/2000. La Reflexión
Pastoral Diocesana asumió con gran realismo y buena metodología la invitación
que hacía el Papa a una especie de gran examen de conciencia pastoral. A
veces pensamos que de esas grandes acciones pastorales no queda nada, porque no se plasman
en cambios concretos y visibles. Viniendo de fuera para meterse dentro, como es mi caso,
yo sí os puedo decir que los resultados se perciben. Y no me fijo tanto en las
estructuras externas (que no son, en definitiva, las más importantes), sino en el estilo
y manera de ser y de hacer como Iglesia, en todos los que la formamos. Habéis intentado
responder así, y continuaremos intentándolo, a aquella pregunta sincera al Espíritu
mismo de Dios que hacía D. Rafael en el encuentro diocesano conclusivo de la Reflexión
Pastoral: ¿qué quieres, hoy, de nuestra Iglesia de Ciudad Real?
Personalmente,
me gusta a mí recordar el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, donde con toda la
sencillez del mundo, Pedro afirma: hemos decidido el Espíritu Santo y
nosotros... (Hch 15, 28). Nuestras inquietudes y caminos, sentidas unas y
emprendidos los otros desde la fidelidad al Evangelio y a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, son mediación necesaria para la actuación del Espíritu Santo en su Iglesia. Una
Iglesia en camino tendrá que decirse y decir a los demás con frecuencia: hemos
decidido el Espíritu Santo y nosotros...
64.
El Año Jubilar lo vivisteis con una especial intensidad. Y no sólo celebrativa. He
podido ver el esfuerzo real de todos por responder a la triple dimensión de la
conversión que proponía D. Rafael a toda la Diócesis: conversión personal, conversión
pastoral y conversión social. Es difícil calibrar los grados de conversión,
pero todos me recordáis los cambios sinceros en las actitudes personales de mucha gente,
manifestados tanto en el sacramento de la penitencia, como en las celebraciones
arciprestales del Jubileo; el sincero deseo de conversión pastoral que supuso el
seguimiento y compromisos, por parte de los evangelizadores, de los materiales Sois
mis testigos; y el signo solidario con el que quisisteis expresar vuestra
conversión social. A través de Cáritas, Manos Unidas y la Delegación
Episcopal de Misiones, aquel signo llegó a los más necesitados, como expresión
del compartir solidario. El encuentro diocesano con que
clausurasteis el Año Jubilar fue una expresión eclesial de comunión, capaz de infundir
la alegría de los hermanos unidos (Cfr Sal 132, 1) y de crear esperanza para
un futuro de testimonio de Iglesia.
65.
Sé que la preocupación fundamental respecto a estas grandes acciones se centra
después en la perseverancia. Tenemos siempre el lógico temor de que
sean más momentos puntuales que actitudes cristianas mantenidas. Me consta, en ese
sentido, una especie de recelo que ha ido prendiendo en muchos de vosotros
acerca no sólo de estas especiales acciones diocesanas, sino, en general, acerca de las
manifestaciones externas de la fe. Se trata, en efecto, de una cuestión pastoral mayor.
Está en juego un antiguo debate entre la opción por un cristianismo de masas o de
minorías; toda la cuestión más moderna de la resistencia sociológica a los
procesos de secularización, manifestada especialmente entre nosotros en las expresiones
masivas de religiosidad popular; así como la necesaria respuesta diferenciada desde la
acción pastoral a situaciones muy diversas de fe.
La
seriedad con que habéis afrontado esta clave importante de la pastoral, hoy, entre
nosotros, se puede constatar no sólo en las diferentes sesiones que los organismos
diocesanos competentes le habéis dedicado, sino en la constancia que habéis dejado
de todo ello en importantes documentos diocesanos y en materiales de formación.
66.
Vuestra preocupación ha ido en la línea de aquel escriba al que alaba el
evangelio, porque sabía sacar del arca lo viejo y lo nuevo (Cfr Mt 13, 52),
de la necesidad que tienen los vinos nuevos de odres nuevos , y de no echar
remiendos viejos en vestidos nuevos, para no estropear el conjunto (Cfr Mt 9,
17). A todas esas serias preocupaciones me sumo, consciente, con vosotros, sin embargo, de
la necesidad de una metodología pastoral que no apague el pábilo vacilante,
y que tenga en cuenta la necesidad que tienen las grandes opciones de expresarse
externamente, para implicar la totalidad de la persona, no solamente su mente, y dar a la
propia experiencia de fe y al hecho religioso cristiano en general, la visibilidad social
que están llamados a tener.
67.
Me parece que en el encuentro conjunto de Consejo Presbiteral,
Consejo Diocesano de Pastoral, Delegaciones Episcopales y Secretariados Diocesanos,
celebrado con motivo del Año Jubilar, hicisteis una buena síntesis entre las diferentes
tendencias pastorales en el conjunto de la diócesis que, dentro de la comunión,
acentúan más uno u otro aspecto global para el conjunto de la pastoral. Seguir ahora
aquel encuentro, desde el rico material de preparación hasta la amplia acta de lo
que supusieron aquellos dos días, que debieron ser de intenso trabajo, da una idea cabal
de lo que significa el ejercicio práctico de eclesialidad. Aquel encuentro lo fue, sin
duda.
68.
Precisamente de los seis puntos de especial insistencia con los
que D. Rafael intentaba resumir las preocupaciones fundamentales de todos los que
trabajasteis en aquel encuentro, se han originado las Líneas Pastorales
Diocesanas para el presente trienio: desde Jesucristo, en la Iglesia,
para el Mundo. Con la última parte de esta importante trilogía. vamos a
comenzar el presente curso pastoral.
69.
He querido recordar con vosotros estos importantes y recientes hitos del camino
de nuestra Iglesia, en primer lugar, para hacernos un poco más conscientes de que todos
estamos caminando, y muchos impulsando esta andadura como compromiso pastoral; y, para mí
en particular, para decirme en voz alta la alegría de incorporarme a una Iglesia en
marcha; y mi decisión, como Pastor de todos, de ponerme al frente de todos los que
tenemos la responsabilidad de llevar esta andadura hacia la meta. Para vosotros y para mí
nos ha servido ya y nos seguirá sirviendo la perspectiva de futuro pastoral abierta para
toda la Iglesia por Novo Millennio Ineunte, la exhortación con la que el
Papa quiso abrir los amplios caminos pastorales del nuevo milenio. He visto con gran
alegría que ella es la fuente de inspiración de todo el trabajo pastoral en la Diócesis
de Ciudad Real, después del Año Jubilar.
70.
A veces podemos tener la impresión de una permanente repetición en nuestros
objetivos y tareas. Se lo preguntaba D. Rafael en la Introducción a las Líneas:
¿Se trata, por tanto, de continuar haciendo lo mismo? Básicamente,
sí, se respondía. Y es que el programa de la Iglesia, durante todos los
siglos de su historia y hasta que el Señor vuelva, ha sido, como nos recuerda el Papa, el
evangelio. Ese programa no cambia. No se trata de inventar un nuevo programa. El
programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición
viva (NMI 29). Pero cambian las circunstancias históricas en que lo tenemos
que proponer y, a veces, con tal intensidad (como en el momento presente), que podemos
hablar con toda justeza de una nueva evangelización.
71.
Y cambiamos también nosotros, los evangelizadores. Con la fuerza del Espíritu,
cambiamos muchas veces a mejor: más intensa vida interior, más acertada atención a los
signos de los tiempos, más inmersión entre la gente, más generosidad y arresto frente a
las dificultades... Pero, por la realidad de nuestro pecado, a veces, cambiamos también a
peor: nos desanimamos, dejamos el cultivo de la vida interior, nos falta la motivación,
nos hundimos ante las dificultades... de ahí, la insistencia también del Papa en que la nueva
evangelización supone un nuevo ardor. Una actitud interior que
abarca la globalidad del talante del evangelizador. Pero insiste él también en los
nuevos métodos y en la nueva expresión, que tienen que ver muy directamente con
toda la tarea de programación pastoral. Una obligación que
el Papa, en Novo Millennio Ineunte, adjudica directamente a las
diócesis, ya que en ella hay que tener en cuenta las situaciones concretas de cada
Iglesia particular.
72.
Desde esa especie de avance en espiral, que repite, pero empujando
hacia delante; que retoma lo no realizado, para intentarlo de nuevo; que no se hace
ilusiones con que una programación cierre ciclos..., esta Diócesis ha caminado en
comunión con la Iglesia Universal, pero atendiendo muy particularmente los propios signos
de los tiempos. Es así como llegasteis a fijar las Líneas Pastorales Diocesanas
para el trienio 2001/2004, con la formulación sencilla y feliz de desde
Jesucristo, en la Iglesia, para el Mundo. Las fijasteis como líneas,
no como programa acabado. Son como un marco de coincidencia y
comunión en el que ir insertando las programaciones concretas en todos los niveles y
sectores de nuestro trabajo pastoral, siguiendo también la indicación del Papa: es
necesario que un programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de
cada comunidad (NMI, 29).
III.
EL CONTEXTO DE LA TERCERA LÍNEA, ...PARA EL MUNDO
73.
Por todo lo que he podido ver de este pasado pastoral inmediato, sobre todo, de
la Reunión Conjunta de los Consejos y las Delegaciones, fue surgiendo entre vosotros una preocupación
de calado: la identidad cristiana del conjunto del trabajo pastoral. En mi
imaginación, os comparaba con un San Pablo, preguntándose a sí mismo si estaría
corriendo o habría corrido en vano (Cfr Gal 2, 2). Una cosa es segura me
decía yo a mí mismo: esto se lo pueden preguntar sólo los que corren. Los que
están parados no tienen el riesgo de equivocarse, ni necesitarán nunca hacer ningún
tipo de corrección de andadura. Simplemente no andan. Percibíais un peligro, que es
constante: que la Iglesia se explique a sí misma, sin referencias a su origen y a su
meta, y, finalmente se convierta en una organización humanitaria, dadora de sentido y de
consuelo. Un tipo de Iglesia, por otra parte, que puede pegar bien, y ser
aceptada mejor, en el estilo de sociedad europea que estamos creando entre todos.
74.
Subrayabais, en consecuencia, la realidad de una Iglesia con-vocada y
hacíais un especial hincapié en el tema de la vocación, la llamada de
Dios, como desencadenante de todo el ser y el quehacer de la comunidad eclesial. Todo
tiene su origen en una llamada de Dios, que entraña elección de Jesucristo, que invita a
formar parte de la comunidad de los cristianos, y que tiene como finalidad la misión de
anunciar el Evangelio. Llamados, convocados, enviados (Líneas Pastorales
Diocesanas, pg. 7). Por eso, el objetivo general del trienio lo fijasteis
en LA IDENTIDAD CRISTIANA, siendo su desarrollo temporal como tres
referencias esenciales de esa identidad. Así lo enunciaba también D. Rafael: Cristo,
por el que se es cristiano; la Iglesia, en la que se es cristiano; y el mundo, para el que
se es cristiano. Misterio, comunión y misión.
75.
Personalmente, me ha interesado mucho la trabazón de estas tres referencias con el
objetivo general de la identidad cristiana. Porque no sólo el acercamiento al
mundo se puede hacer al margen de la identidad cristiana, también la permanencia y el
trabajo en la Iglesia, y (lo que cabe menos en la cabeza, pero puede ser) también el
acercamiento a Cristo necesita hacerse desde la identidad cristiana; que hay acercamientos
que se quedan por las ramas (no estaríamos muy lejos de la misma advertencia
del Señor: ¡no todo el que dice Señor, Señor! entrará en el Reino
de los cielos Cfr Mt 7, 31; o de aquel no os conozco
pronunciado por el Señor frente a muchos que en su nombre habían hablado y hasta habían
hecho milagros Cfr Mt 25, 12).
76.
Alrededor del eje central de la identidad cristiana ha girado no
sólo el primer año, dedicado especialmente a Jesucristo (...desde Jesucristo).
Cuando uno mira el plan del trienio de una manera superficial, puede, en efecto, hacer
coincidir la identidad cristiana con la especial insistencia en Jesucristo. Y
no es así, la identidad cristiana es el objetivo presente en los tres años.
Y afecta también a la pertenencia a la Iglesia (... en la Iglesia) y al
compromiso con el mundo (...para el mundo). Afecta a esta trilogía que
abarca el ser y el quehacer de la comunidad eclesial.
77.
En la primera línea insististeis, en efecto, en dos aspectos fundamentales respecto a la
referencia a Jesucristo: la proclamación y la formación. Os sirvió de
aliciente aquel conocimiento mayor (el conocimiento de la fe), que propone
Juan Pablo II, referido a Cristo. Partiendo de que Jesús es muy distinto,
dice el papa: es precisamente ese ulterior grado de conocimiento, que atañe al
nivel profundo de su persona, el que él espera de los suyos... Sólo la fe
llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios vivo" (NMI, 19). Por ahí fue todo el esfuerzo de
proclamación personal y comunitaria del Señor, que realizasteis en las
parroquias y arciprestazgos para que el mayor número de personas en nuestra
Diócesis reciban su mensaje; y, a nivel diocesano, la decisión de centrar
todo el proceso de catequesis de adultos, que se iniciaba en ese curso, en Jesús de
Nazaret: el precatecumenado (la incitación del deseo de ver a Jesús), y los
tres años siguientes: Jesús de Nazaret, las raíces, la historia y la presencia. Todo un
esfuerzo de formación cristiana que debemos promover y acompañar
78.
En la segunda línea, que os acercaba de nuevo a la identidad
cristiana desde la pertenencia y la vivencia de la Iglesia, os detuvisteis
principalmente en la comunión y la corresponsabilidad. Presentabais la
Iglesia como el ámbito natural del cristiano, subrayando la vocación
comunitaria que tiene la fe en Cristo. Queríais salir al frente de esa
especie de imposible deseo que se muestra muchas veces desde la crítica o
desde la misma ignorancia religiosa: Cristo, sí; Iglesia, no. Subrayasteis la
dimensión sacramental de la Iglesia: a través de ella, el Padre,
el Hijo y el Espíritu nos regalan su vida, la restauran y la fortalecen. La acogida
agradecida de este regalo en la oración y en los sacramentos, especialmente la
Eucaristía y el don del ministerio ordenado, os ayudaron a ahondar en la identidad
cristiana de la comunidad eclesial que formamos.
Desde
esa comunión fontal, insististeis de nuevo en la necesidad de la
participación y corresponsabilidad de todos, para ser realmente Iglesia del Señor. La
revitalización de los Consejos de Pastoral en todos sus niveles, la ayuda para avanzar en
el hondo sentido de la Eucaristía dominical como origen y alimento de la comunión, el
ahondamiento en la condición misionera de nuestra Iglesia, y la acción diocesana
ofrecida a cuantos quisieron adentrarse en el sentido del ministerio ordenado en el
contexto de pueblo sacerdotal de bautizados, dieron un profundo talante
eclesial al conjunto de ese curso.
79.
Precisamente en el contexto de esta Línea Pastoral Diocesana, referida a la
Iglesia, tuvo lugar la sucesión apostólica en nuestra Diócesis de
Ciudad Real. No pudo tener este acontecimiento eclesial de tanta importancia una mejor
ambientación. No sólo lo preparasteis con la hondura de los hechos eclesiales
importantes, sino que colaborasteis todos en una celebración que, para mí personalmente
y para mucha gente que me ha hecho llegar sus propios testimonios, se convirtió en una
experiencia práctica de eclesialidad. Todo colaboró a hacernos sentir como pueblo de
Dios en marcha, en continuidad apostólica, en estrecha comunión de dones y carismas,
avivando en todos el deseo sincero de servicio al mundo, desde la propuesta del evangelio
del Señor y de su seguimiento. ¡Bendigo al Señor que me hizo sentir desde el principio
la realidad viva de la Iglesia que me confiaba! Aquel sentimiento, intenso ya cuando D.
Rafael me entregaba el báculo, se va acrecentando y acrisolando ahora desde el realismo,
el conocimiento y la entrega diaria en el camino que todos recorremos.
80.
Llegamos así a la tercera línea del trienio: ...para
el mundo. Por mi parte, ahora ya con vosotros soy cristiano y para
vosotros soy obispo; con vosotros soy condiscípulo y para vosotros soy
maestro. Estos meses de intensa inmersión en la vida de nuestra
Diócesis me hacen, por una parte, recoger este pasado pastoral inmediato con la alegría
y la viveza con que lo habéis recorrido, como un pasado que es ya mío también; y
lanzarme con todos vosotros hacia el futuro de nuestra acción pastoral para el servicio
del mundo. Quisiera hacerlo con la presteza de ánimo que Juan Pablo II nos pide a toda la
Iglesia: necesitamos pensar en el futuro que nos espera. Es preciso aprovechar
el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de
acción concretas (NMI,3). Por eso, quiero dedicar la última parte de esta
reflexión pastoral a enmarcar la línea pastoral con la que nos introducimos en el curso
que comienza.
IV.
NO TE RUEGO QUE LOS SAQUES DEL MUNDO (Jn 17, 15)
La Iglesia, al servicio del
mundo
81.
Con fina intuición pastoral, incorporasteis la relación de la Iglesia con el
mundo como parte fundamental de la identidad cristiana. Repasando todo el
material que os llevó a redactar las Líneas Pastorales del presente trienio, me venía a
la mente el recuerdo histórico de lo que fue el desarrollo del Concilio Vaticano II.
Veía plasmado en vuestro trabajo el talante de las grandes preocupaciones del Concilio,
cuando trató de repensar el ser y el quehacer de la Iglesia.
La
preocupación pastoral de vivir la Iglesia como un acontecimiento salvífico
para el mundo, hizo, en efecto, que se proyectara su acercamiento a ella de una manera
doble: la Iglesia hacia adentro y la Iglesia hacia fuera, es
decir, su naturaleza y su relación con el mundo. Esta decisión dio origen a dos
Constituciones sobre la Iglesia: la que mira más a ella misma (Lumen Gentium),
y la que pone su misión en relación con el mundo contemporáneo (Gaudium et Spes).
No son dos tratados sobre la Iglesia, sino dos dimensiones de la única e indivisible
Iglesia de Jesús, destinada a ser sacramento de salvación para todos
los hombres. La sencillez con que llegasteis a formular las Líneas Pastorales
Diocesanas no oculta esta percepción eclesiológica y sus consecuencias para la pastoral
de cada día.
82.
Repensar la Iglesia hacia fuera (lo que hace Gaudium et Spes)
no es un añadido pastoral al pensamiento sobre la naturaleza de la Iglesia
(lo que es Lumen Gentium). El ser para forma parte de
la naturaleza misma de la Iglesia. De ahí arranca su estar en
el mundo con una fuerte necesidad de encarnación y su estar para
anunciar y ofertar la salvación en Jesús a todos los hombres. La Iglesia posee, por
tanto, una alteridad (una necesaria referencia hacia fuera de ella), que
el Concilio trató de describir teológica y pastoralmente, teniendo en cuenta los
importantes cambios sociales que habían tenido lugar en todo el mundo. Por eso, una vez
definido el origen, el desde dónde de la Iglesia: desde la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu, el Concilio vio necesario hablar del destinatario:
el hombre contemporáneo. Hacia él se dirige siempre la misión evangelizadora de la
Iglesia.
Atenta a los signos de los
tiempos
83.
Deberemos tener muy presente ese sentido de contemporaneidad. Los que
analizan, hoy, el momento eclesial hablan, en efecto, de un hombre contemporáneo y de
unas pautas sociales y culturales distintas ya de las que irrumpían con fuerza en el
período conciliar. Pero es permanente el talante eclesial de tener los ojos y el
corazón abiertos a los signos de los tiempos. Desde esa mirada
permanente, la Iglesia está llamada a convertirse en realidad encarnada y significativa
en cada uno de los momentos cambiantes de la historia. Sin esta atención vigilante a los
signos de los tiempos, bien pudiera ocurrir que la pastoral, que es la
concreción en el aquí y el ahora del ser para de nuestra Iglesia, diera la
impresión de estar gestionando dimensiones de la vida del hombre de escasa incidencia y
nula importancia real respecto a los que son sus propios centros de interés vital. Hacia
esa especie de reclusión en la intimidad de la persona (en la dimensión
personal de la evangelización), o de reclusión en la sacristía
(en su dimensión social) tienden todas aquellas fuerzas sociales y culturales que
apuestan por la privatización de la fe.
84.
Se trata de tendencias que, imperceptiblemente, se introducen también en nuestras
parroquias, en los movimientos y en los grupos cristianos. Nos dejamos fácilmente llevar,
sin medir sus consecuencias globales desde lo específico cristiano, por lo que se ha
venido en llamar religión terapéutica. Aquella religión del consuelo
íntimo frente a la intemperie de una sociedad dura y, a veces, hostil.
Tendencias
de ese tipo debería tener en mente Juan Pablo II, cuando, para centrar bien la fuerte
llamada a la espiritualidad y la santidad, como programa pastoral al iniciarse el nuevo
milenio, se ve en la obligación de advertir: la vertiente ético-social se
propone como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano. Se debe rechazar la
tentación de una espiritualidad intimista e individualista, que poco tiene que ver con
las exigencias de la caridad ni con la lógica de la encarnación y ,en definitiva, con la
misma tensión escatológica del cristianismo. Si esta última nos hace conscientes del
carácter relativo de la historia, no nos exime de ningún modo del deber de construirla.
Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: el mensaje
cristiano no aparta a los hombres de la tarea de la construcción del mundo, ni les
impulsa a despreocuparse del bien ajeno, al contrario, les impone como deber el
hacerlo" (GS n.52) (NMI, 52). Como subraya el mismo papa: esta
radicación de la Iglesia en el tiempo y en el espacio refleja, en definitiva, el
movimiento mismo da la Encarnación (NMI, n.3).
Acogedora de las preguntas
humanas y de las nuevas preguntas de la fe
85.
Las dimensiones de la identidad cristiana que habéis actualizado en
las dos Líneas Pastorales anteriores: desde Jesucristo (misterio); en la
Iglesia (comunión) nos conducen a ahondar la experiencia de que el anuncio y la
acogida del Evangelio suponen una ampliación y profundización de lo que son nuestros
centros naturales de interés, y que la evangelización no se reduce, pues, a
ser una simple respuesta a preguntas humanas. El Evangelio (también en la relación con
el mundo) introduce preguntas nuevas que el hombre nunca se habría hecho sin su fuerza
iluminadora, o las habría presentido sólo a tientas. Pero es necesaria una
atención especial a todo ese ámbito de la pregunta, renovada, ampliada y ahondada. Es
ahí donde se desarrolla el posible oyente de la Palabra. Desde la ósmosis
entre pregunta (como tierra reseca, agostada, sin agua Sal 142,
6) y respuesta (la Palabra como lluvia que empapa la tierra Cfr Is
55, 10) estamos llamados a superar el malestar evangelizador que nos hace, a veces,
sospechar que estamos dando respuestas a preguntas que nadie se hace.
86.
Como el mundo sin las personas sería una realidad muda y estática, la mirada
a él nos hace mirar preferentemente a la gente y al entorno social que
ayuda a nuestro desarrollo o nos mantiene tenazmente en el subdesarrollo en sus múltiples
expresiones. Las personas nos distinguimos del resto de lo creado por la capacidad de
nuestra pregunta, cuando, desde el por qué intentamos dar razón de lo que
nos sucede y de lo que sucede a nuestro alrededor. Sin la existencia de esa
pregunta, no hay posibilidad de una evangelización que no sea un diálogo de
sordos. Si queremos una evangelización del calado propuesto por Evangelii
Nuntiandi, es decir, que no se quede en un barniz externo, sino que llegue a
tocar los criterios de juicio y los centros de interés, que penetre hasta aquel nivel en
el que el hombre opta por su realización personal y por el modelo de sociedad, tenemos
que promover el diálogo como medio de evangelización.
87.
El agravamiento de la sordera personal e institucional, puesto de manifiesto en
el aumento de la indiferencia religiosa y en la desafección eclesial que percibimos, no
puede llevarnos por el camino fácil: el de una evangelización de repuestas
que deje intocadas las preguntas. Quizás necesitamos, hoy más que nunca, una evangelización
de la pregunta. La tarea es difícil, porque unos procedemos con preguntas
hechas, otros no quieren preguntarse, el momento socio-cultural suscita
preguntas en niveles muy epidérmicos... Son dificultades añadidas a la evangelización,
hoy. Pero, si no atendemos a ese vasto mundo de la pregunta, nos encaminaríamos a una
evangelización marginal, a pesar de que sociológicamente el número cuente a
nuestro favor, y el nuevo despertar religioso nos produzca una especie de
espejismo poco crítico.
88.
La pastoral de ojos abiertos, como definió nuestro Vicario
General la actitud con la que debemos adentrarnos en el objetivo pastoral de este año,
es, ante todo, invitación a una mirada al hombre, a la persona concreta.
En esa mirada nos jugamos, especialmente hoy, todo el amplio campo de la
preparación evangélica. Nos podrá servir de pauta, en este sentido, toda la
primera parte de la Constitución Gaudium et Spes. Tenemos que recuperar,
si es que lo hemos perdido, el talante que supone la mirada serena, amorosa, esperanzada y
crítica al hombre de hoy como posible oyente de la Palabra. Sólo desde ahí
podemos hacer la propuesta del hombre nuevo, la aportación de una
antropología, abierta a su propia superación. Con palabras de Juan Pablo II: en
el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir
más allá de sus propios límites y contradicciones, moviéndose hacia Dios mismo; más
aún, hacia la meta de la divinización, a través de la incorporación en
Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria... Sólo porque
el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el hombre, en él y por medio de él, puede
llegar a ser realmente hijo de Dios (NMI n.23).
La pastoral de la
mirada: comentarios de Pablo VI
89.
Siguiendo al mejor y más autorizado intérprete del Concilio, y en particular de
la Constitución Gaudium et Spes, a Pablo VI, permitidme que comparta con
vosotros algunas de las actitudes fundamentales con las que debemos
promover esta pastoral de la mirada, que queremos
intensificar en el curso pastoral que nos remite especialmente al mundo. Poniéndose en
nuestro lugar, a distancia ya del Concilio, quería el papa que nos preguntáramos: ¿qué
hacía en aquel momento la Iglesia católica? Y responde él mismo: ¡Amaba!
Amaba con corazón pastoral. Con un amor amplio y universal, no limitado a la
familia de la fe: el amor que anima nuestra comunión no nos aparta
de los hombres, no nos hace exclusivistas ni egoístas... Nosotros nos sentimos
responsables de la humanidad. Es ese amor el que impulsa la misión de la
Iglesia, des-centrándola de ella misma: la Iglesia en este mundo no
es un fin en sí misma; está al servicio de todos los hombres... ¿Dejaremos de advertir
que este Concilio es revelador para la misma Iglesia de una más plena y profunda
conciencia de las razones de su existencia, que son las misteriosas razones de Dios
que amó al mundo (Jn 3,16), y de las razones de su misión, siempre rica en
fermentos renovadores y vivificantes para la humanidad?
Más
allá del análisis de los hechos, Pablo VI reclamaba implicación interior: El
Concilio ofrece a la Iglesia una visión panorámica del mundo, ¿podrá la Iglesia,
podremos nosotros hacer otra cosa que mirarlo y amarlo? (cfr Mc 10,21). Ahora y, sobre
todo, amor; amor a los hombres de hoy como son y donde están, a todos... El Concilio es
un acto solemne de amor a la humanidad. Que Cristo nos asista para que así sea de
verdad.
90.
Estas preciosas reflexiones las hacía Pablo VI en el discurso inaugural de la
última sesión del Concilio, el 10 de septiembre de 1965. ¡Y parecen dichas, hoy mismo,
para nosotros! Algunos han interpretado que el momento histórico de Pablo VI era de mayor
optimismo que el nuestro. Y que, por tanto, era más fácil la esperanza. Pero él lo
tenía muy claro: el arte de amar decía se cambia con frecuencia en
arte de sufrir. ¿Podrá, por tanto, la Iglesia desistir de su compromiso de amor por los
riesgos y dificultades que se le opongan? Que la Iglesia no ha desistido en su
actitud de amor, lo ha expresado recientemente Juan Pablo II en su Exhortación
La Iglesia en Europa, en que ha hecho de la esperanza el
eje fundamental de su propuesta para el viejo continente.
91.
El cambio de actitud en la relación Iglesia/mundo, operado por Gaudium et Spes
era de gran importancia. Pablo VI fue consciente de las implicaciones que este giro
suponía para el conjunto de la pastoral de la Iglesia. Por eso, como intérprete
autorizado del Concilio, tuvo mucho interés en religar la preocupación de la Iglesia por
el mundo al significado religioso del Concilio. En proporciones mucho más
modestas, se trata del mismo interés de nuestra Diócesis en que su línea ...para
el mundo sea percibida desde la identidad cristiana y no como una
realidad al margen, o un aparte añadido. Es precisamente el carácter
religioso de la actividad de la Iglesia el que le exige un vivo interés por el
estudio del mundo moderno. Llegaba el Papa a decir: tal vez nunca
como en esta ocasión ha tenido la Iglesia necesidad de conocer, de acercarse, de
comprender, de penetrar, de servir, de evangelizar a la sociedad que le rodea; y de
seguirla, por decirlo así, de alcanzarla en su rápido y continuo cambio. Lo
que nosotros decimos familiarmente como no perder el tren de la marcha de la
sociedad.
El
Papa quería que se acortaran distancias y se suturaran rupturas. Y tan decidida fue esta
intención del Concilio que pudo sugerir a algunos comenta Pablo
VI la sospecha de que un tolerante y excesivo relativismo al mundo exterior, a
la historia que pasa, a la moda actual, a las necesidades contingentes, al pensamiento
ajeno, haya estado dominando a personas y actos del sínodo ecuménico, a costa de la
fidelidad debida a la tradición y con daño de la orientación religiosa del mismo
Concilio.
92.
Sin establecer comparaciones que no vienen al caso, esa puede ser también la
actitud de algunos respecto a la línea pastoral diocesana del presente año. Por eso, nos
viene bien recordar la respuesta que el mismo Papa daba a esta pregunta, retomando de
nuevo el tema del amor como alma de la evangelización: la religión de nuestro
Concilio ha sido principalmente la de la caridad, y nadie podrá tacharlo de
irreligiosidad y de infidelidad al Evangelio por esta principal orientación, cuando
recordamos que el mismo Cristo es quien nos enseña que el amor a los hermanos es el
carácter distintivo de sus discípulos (cfr Jn 13,35).
93.
Para Pablo VI hay una progresión entre humanismo-cristianismo-teocentrismo:
hombre/Cristo/Dios, pero, tan singular, que hace del hombre elemento necesario para el
mismo conocimiento de Dios: nuestro humanismo se hace cristianismo; nuestro
cristianismo se hace teocéntrico; tanto que podemos afirmar también: para conocer a Dios
es necesario conocer también al hombre. Y no sólo el conocimiento, también
el amor a Dios pasa por el hombre: enseñar a amar al hombre para amar a Dios.
De aquí una potente y amistosa invitación a la humanidad de hoy a encontrar de
nuevo a Dios por la vía del amor fraterno. Todas estas reflexiones las hacía
Pablo VI en el discurso de clausura del Concilio, el 7 de diciembre de 1965. A 35 años de
distancia, no menos fuerte y precisa es la afirmación de Juan Pablo II, después de
habernos invitado a contemplar el rostro de Cristo en los pobres, siguiendo la enseñanza
de Mt 25,35-36: esta página dice Juan Pablo II no es una simple
invitación a la caridad; es una página cristológica, que ilumina el misterio de Cristo.
Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que
sobre el ámbito de la ortodoxia (NMI, n. 49).
94.
La nueva actitud de la Iglesia con relación al mundo tiene en la mente y en los
labios de Pablo VI una adecuada expresión en la categoría bíblica del servicio
(la diaconía): toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección:
servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas
sus necesidades. La Iglesia se ha declarado así la sierva de la humanidad... La idea de
servicio ha ocupado un puesto central. Y es que Pablo VI, en la relación
Iglesia/mundo, aboga definitivamente por la superación de la categoría de poder. Quiere
a la Iglesia situada en el ámbito del servicio evangélico. Es lo que él llama el
valor humano del Concilio. Frente a esa dimensión humana, se habían
levantado voces desasosegadas. Y Pablo VI se preguntaba: ¿ha desviado acaso la
mente de la iglesia en Concilio hacia la dirección antropológica de la cultura
moderna? La respuesta es tan matizada como clara: desviado, no;
vuelto, sí. Con estos dos verbos se estaba dando razón de la nueva actitud de
la Iglesia respecto al mundo y a la cultura contemporánea. Y vuelve a insistir:
ese mismo interés no está jamás separado del interés religioso más auténtico,
debido a la caridad, que es la única que lo inspira (y, donde está la caridad, allí
está Dios).
95.
He querido extenderme en subrayar este nuevo talante de la Iglesia con relación
al mundo, y lo he hecho pretendidamente de la mano de Pablo VI. Creo, en efecto, que un
buen estudio y reflexión de la Constitución Gaudium et Spes puede ser
la mejor introducción para adentrarnos en la línea pastoral diocesana ...para el
mundo, con fundamento teológico y pastoral sólidos. En este sentido, Pablo VI es
un comentarista de lujo.
V.
LA SALIDA MISIONERA
Desde el empuje de la
Reflexión Pastoral Diocesana
96.
Habría que remitirse a la Reflexión Pastoral Diocesana para comprender cómo
resonó de nuevo en esta Iglesia de Ciudad Real aquella invitación apremiante de mirada
al mundo como destinatario de la misión. Lo percibisteis y formulasteis como necesidad de
una salida misionera de nuestra Iglesia. La finalidad de este curso
pastoral es avivar la conciencia de todas nuestras parroquias, asociaciones y movimientos
para tomar en serio, a pesar de las dificultades, el envío que nos hace el Señor:
Id y haced discípulos de todos los pueblos (Mt 28, 16). Al mandato de
ir corresponde, en efecto, la actitud de salida, contrarrestando las
tendencias de reclusión y de encerramiento personal, pastoral e
institucional.
Estamos
urgentemente invitados a hacer resonar el Evangelio en los sectores y
ambientes no suficientemente evangelizados; y en todos aquellos donde la increencia y la
indiferencia, también entre nosotros, van tomando carta de ciudadanía, como una especie
de olvido progresivo, que a nadie hiere (todo lo hacemos, hoy, con una
exquisita educación), pero que termina por afectar los más hondos entresijos de la
persona que tuvo fe, al menos incipiente.
97.
Esta salida misionera supone que nuestras parroquias, asociaciones y movimientos
tomen conciencia de tener como vocación propia e identidad más profunda la
tarea de evangelizar (EN, 15); que la comunidad cristiana no quede replegada
sobre sí misma, porque está llamada a acoger y acompañar las esperanzas de salvación
de los hombres y mujeres concretos; y no sólo de sus fieles, sino de todos aquellos que
pertenecen al territorio donde se enclava como acontecimiento de salvación; que en los
esfuerzos de evangelizarse a sí misma (a los que habéis dedicado los dos
cursos pasados) está ya presente esta salida como tensión hacia fuera y
conciencia de misión. La indicación precisa nos viene de Evangelii Nuntiandi:
la vida interna la vida de oración, la escucha de la Palabra, la caridad
fraterna, el pan compartido no tienen pleno sentido más que cuando se convierte en
testimonio, provoca la admiración y conversión, se hace predicación y anuncio de la
Buena noticia (n.15).
Recordad
que el testimonio es precisamente el objetivo específico de este curso
que dedicamos a mirar especialmente al mundo. No podemos, por tanto, quedarnos tranquilos
si nuestras parroquias se centran y contentan con sus servicios internos y atienden sólo
a los que en la primera parte de estas reflexiones he colocado bajo el epígrafe de
los practicantes. Como ya os indicaba, también éstos van, además,
disminuyendo en número, son cada vez de edad más avanzada (el desafío pastoral de los
jóvenes nos está reclamando con fuerza) y existe una desproporción de género, en este
caso, a favor de la mujer. Las mujeres mismas, las más conscientes de su vocación y
tarea cristianas, se duelen de la progresiva ausencia de los varones en la vida y
actividad de nuestras comunidades.
Todos
somos misioneros
98.
Con vosotros, doy gracias a Dios por este resto que permanece fiel al
Señor, pero me sumo a vuestra constatación de que su atención pastoral diaria nos
copa de tal modo que la parroquia corre el riesgo de perder como horizonte inmediato
de su trabajo a personas alejadas o a ámbitos o sectores profundamente descristianizados,
que van quedando al margen de la comunidad. Porque no hemos sabido tampoco infundir en
este resto, que compone el núcleo más vivo de nuestras comunidades, el ardor
y el empuje necesarios para que, también ellos, y no solamente los curas,
estén hondamente preocupados por la salida misionera. Se trata de descubrir
todos nuestra vocación apostólica precisa en esta sociedad que progresivamente se va
alejando de la fe.
La
realidad de un mundo que se construye y se desarrolla de espaldas al Evangelio, cuando no
en contra, y no solamente a escala internacional, sino también en los ámbitos más
cercanos de nuestros propios pueblos, es un fuerte cuestionamiento para nuestra pastoral y
un recuerdo permanente de las cosas que tendremos que cambiar. Es éste uno de los
aspectos fundamentales de la novedad de la evangelización con la que queremos
fielmente responder a nuestra misión de proponer la fe a la sociedad actual.
99.
La línea pastoral de este curso nos pide la opción por una pastoral estrictamente
misionera. Es decir, aquella que tiene en cuenta de una manera preferente a las
personas, ambientes y zonas de nuestra Diócesis que podríamos definir, desde el punto de
vista de su conocimiento y cercanía al Evangelio, como terreno de misión.
Se
trata de provocar un despertar de las parroquias, las asociaciones y movimientos en línea
con lo que os planteabais en el Horizonte de Comprensión, que os sirvió para
ahondar en la Reflexión Pastoral Diocesana. Afirmabais allí: hemos de
descubrir las zonas de increencia que se dan dentro de nuestras comunidades. Nuestras
parroquias, ¿perciben que tienen muchos alejados, gente que ya no tiene en cuenta los
valores evangélicos, la concepción cristiana de la vida y que, al adoptar pautas de
conducta, no sienten ninguna necesidad de recurrir a la moral transmitida por la Iglesia?
¿Nos percatamos de que estructuras vitales de la sociedad (familia, cultura, educación,
economía, política, vida laboral) están en situación de permanente transformación,
sin que haya una aportación específica cristiana a la misma? (no sólo ni principalmente
a nivel de documentos, sino a nivel de presencia testimonial de los
cristianos en la transformación para bien de esas estructuras).
Ojos para ver.
Cabeza para pensar. Corazón para responder
100.
En una de mis cartas dominicales en Con Vosotros,
presentando a todos los diocesanos nuestra línea pastoral, he insistido en la necesidad
que tenemos de ojos para ver. Nuestro mundo os decía
necesita ser mirado. Mirar lo que pasa a nuestro alrededor. Mirar lo que le
pasa a la gente con la que convivimos... Tener, en efecto, los ojos abiertos para ver,
porque desde ahí nos llegan los reclamos de Dios. Pero os
recordaba también a todos (en la carta que subtitulé: cabeza para pensar)
que estamos llamados a mirar la realidad con los ojos de Dios... Los ojos de
Dios os decía nos llevan, ante todo, a descubrir a las personas... Pero
la persona se nos queda por las nubes, si no aterrizamos en las
personas. Ellas son las que, a nuestro alrededor, sufren, gozan, lloran, se sienten
oprimidas, felices, depresivas, bien tratadas por el entorno social, marginadas,
integradas, excluidas... A los ojos de Dios no somos números que sirvan sólo para hacer
estadísticas. Y os recordaba que la mirada de Dios tiene sus
preferencias. Dios mira más intensamente, con más amor y más cercanía, a quienes la
gente solemos mirar por encima del hombro...
Llamados
a ser los ojos de Dios..., lo debemos ser ahondando en la realidad desde
la cabeza que Dios nos ha dado para pensar: las situaciones humanas que descubrimos a
nuestro alrededor no son realidades fatales, ni nuestra actitud... puede ser el
fatalismo. Por eso, os invitaba en esa trilogía de cartas dominicales
preparatorias a tener el corazón presto para responder. Se trata, en definitiva, de que
podamos hacer cuantos más mejor un entrenamiento práctico en la metodología del
ver/juzgar/actuar, habituándonos a la mirada de Jesús hacia la realidad humana.
101.
La realidad que nos rodea la miramos desde el amor. Y, por eso, desde la voluntad de un
compromiso esperanzado que se nos convierte en testimonio. Hemos recibido el Evangelio
como luz para el mundo. Os recordaba también en una de mis cartas dominicales
que ese destino universal del Evangelio (id y haced discípulos de todos los
pueblos) no puede apagarse debajo del celemín de nuestras propias instituciones. Nuestras
instituciones eclesiales no son, en efecto, realidades de conservación, sino
de misión os decía o si queréis, y más precisamente,
de conservación misionera: recibir, para transmitir; conservar, para
actualizar; acoger el pasado, para iluminar el presente y proyectar el futuro.
Os invito a releer y reflexionar esas cartas en este contexto.
Testigos en medio del mundo
102.
La salida misionera y el testimonio
con que la acompañamos son el tono específico que intentamos imprimir al
conjunto de nuestra pastoral, este año. No para cerrar con este objetivo un ciclo, y
olvidarnos después. Se trata, más bien, de un avance en espiral: vamos
avanzando, retomando; y retomamos, para continuar hacia delante. Ni tampoco se trata de
dar pasos espectaculares, pero sí que nos debería ayudar todo lo que hagamos este curso
a saber hacia dónde vamos y por dónde hemos de caminar como Iglesia (diócesis,
arciprestazgos, parroquias, asociaciones, movimientos, grupos...). Lo mismo que confesamos
del Verbo, encarnado por nosotros los hombres y por nuestra salvación,
debería percibir y confesar la gente acerca de nuestras comunidades; también ellas, en
cuanto comunidades cristianas, están encarnadas en medio del mundo por nosotros los
hombres y por nuestra salvación.
103.
Sabéis muy bien que esta tarea la realizamos como propuesta y no como
imposición. No pretendemos, en efecto, una especie de reconquista
superficial y nostálgica; o una nueva versión de cristiandad sociológica. Fiados en la
fuerza salvadora del Evangelio y desde el convencimiento, la alegría y el testimonio de
nuestra propia fe personal y de nuestras comunidades, queremos ofertar y proponer la Buena
Noticia del Señor, para alcanzar y transformar con su fuerza los criterios
de juicio, los valores fundamentales, los centros de interés, las líneas de pensamiento,
las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que estén en contraste con
la Palabra de Dios y con su designio de salvación (EN, 19). Queremos
suscitar e iluminar con la luz del Evangelio las preguntas y situaciones más
fundamentales, que compartimos con los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de nuestro
entorno.
Con
Jesús, junto al brocal del pozo de la vida, decimos a quien se acerca a sacar las aguas
de su salvación: dadnos de beber. Sólo después de habernos sentido real y
solidariamente sedientos, podemos, con el Señor, ofertar el manantial que salta
hasta la vida eterna, como don de Dios en plenitud. Sin esta solidaridad
en la sed, no podemos atisbar el sentido más hondo de las aguas de la
salvación, y menos aún podremos ofertarlas a quienes, sedientos como nosotros,
recurren a otros veneros (Cfr Jn 4).
104.
¡Cómo me conmueve siempre la dura advertencia de Dios, en boca de Jeremías, a un pueblo
sediento, pero despistado: dos pecados ha cometido mi pueblo: me abandonaron a
mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen el
agua (Jr 2, 13)! Pienso muchas veces si la incapacidad de saciar la sed de
tanto sediento de sentido, de vida, de trascendencia, de valores, de Dios... no tiene ahí
su raíz: tampoco nosotros nos saciamos de la fuente de agua viva, sino de los agrietados
aljibes de nuestra ofertas humanas. Cuando eso ocurre, no damos testimonio
de quien es capaz de llenar el corazón del hombre, más allá aún de sus propias
expectativas.
La
mejor manera de mirar al mundo es hacerlo desde la experiencia de Dios:
nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en
ti. Así expresaba San Agustín la sed y la satisfacción. Así la queremos vivir
nosotros especialmente en este curso pastoral: como una invitación a todos los
hombres y mujeres que nos rodean en la vida de cada día a sacar con gozo
las aguas de la salvación (Cfr Is 12, 31). De esa salvación de la que todos,
personal y socialmente, nos confesamos sedientos y que los cristianos la hemos encontrado
en Cristo Jesús: la salvación no está en ningún otro, es decir, que bajo el
cielo no tenemos los hombres otro diferente de él al que debemos invocar para salvarnos
(Hch 4,12).
VI.
SE HACE CAMINO AL ANDAR: Señales para el recorrido
105.
Según es costumbre en nuestra Diócesis, la concreción de las Líneas
Pastorales Diocesanas se hace en los distintos niveles del trabajo pastoral: Las
Delegaciones Episcopales, los Arciprestazgos, las Parroquias y las diferentes comunidades,
movimientos, asociaciones y grupos apostólicos. Cada nivel, según sus funciones y
posibilidades; pero todos con una finalidad común: dar cauces concretos a un objetivo
pastoral que nos aúna como Iglesia y es expresivo de nuestra comunión. Por lo que
respecta a la Diócesis, las Delegaciones Episcopales de Apostolado Seglar y de Acción
Caritativa y Social, así como el Secretariado Diocesano de Pastoral Familiar tienen para
este curso especiales encomiendas.
106.
Con estas reflexiones mías, no quiero, por tanto, suplir las responsabilidades
de nadie ni forzar una uniformidad que no es necesariamente expresiva de unidad. Por eso,
las llamo señales para el recorrido que, juntos, nos disponemos a
emprender. Las propongo con el ánimo de que nos puedan ayudar a todos a echar a andar. El
camino entero no lo vamos a recorrer. No somos Iglesia para el mundo sólo en
el curso pastoral 2003/2004. Lo somos siempre. Lo de este año es un recuerdo
especial para no ir dejando por el camino cosas fundamentales. Pero el recorrido
no acaba.
Yo
espero que este curso nos dé una amplitud de mirada tal, que podamos decir al Señor con
el Salmo: te damos gracias, Señor, porque has puesto nuestros pies en un camino
ancho (Cfr Sal 30, 9). Tan ancho como el mundo en el que vivimos. Y, mirando a
nuestro corazón, podamos también agradecerle con el Salmo: te damos gracias,
Señor, porque nos has dado anchuras (Cfr Sal 4, 2). A la complejidad y amplitud de
nuestro mundo no podemos, en efecto, responder con cortedad de miras. A la
anchura del mundo como un hecho que está ahí, no podemos responder con la
angostura de una pastoral que, como actitud, nos enclaustrara en la
estrechez de nuestros templos; o, lo que sería aún más grave, en la
insignificancia de nuestras sacristías.
PRIMERA
SEÑAL:
mayor empeño en reforzar
la conciencia de misión
107.
El presente curso pastoral nos debería servir para equilibrar mejor las fuerzas
centrípetas con las fuerzas centrífugas de la acción pastoral. Nos damos cuenta
de que nos sentimos más a gusto dentro que fuera; que nos apetece más
cosechar que sembrar; que estamos más a gusto con las noventa y nueve ovejas
que con la que se marchó (con la enorme paradoja de que, hoy, no son pocas las que han
dejado el redil). Nos urge, por tanto, ir elaborando un proyecto misionero
que tome como punto de partida nuestra situación religiosa. Y lo haga con realismo. Que
nos pregunte a cada uno a quiénes, en concreto, nos sentimos enviados, que concrete
acciones dirigidas directamente a ámbitos o sectores alejados; que nos haga meternos en
la vida y en los problemas de la gente (que son los nuestros, y que no los dejamos fuera
cuando nos acercamos al templo); que suprima todo lo que resulte superfluo o
contraproducente para la acción evangelizadora y purifique todo lo que se nos haya
ido pegando en contra del Evangelio.
108.
Un proyecto que despierte y potencie más la vocación apostólica de los
seglares. Si la vocación cristiana es, por su misma naturaleza,
vocación también al apostolado (AA,2), quizás sea el momento de preguntarnos
por qué nuestros procesos formativos no terminan en una mayor abundancia de verdaderos
evangelizadores de la fe. Quizás la misión no está presente en los procesos formativos,
o, quizás también, la convocatoria misionera hecha a los seglares lo es para
tareas tan nimias, tan descolgadas de un plan pastoral serio o tan poco apropiadas
a lo que es su vocación específica... que no suscita adhesiones entusiastas.
Si falta entusiasmo en la calidad y en la calidez de la
convocatoria, imaginaos de qué tipo será la respuesta, que está, además, condicionada
por tantas fuerzas inhibidoras personales y sociales. Algo tenemos que hacer en esta
línea.
109.
Un proyecto misionero promovido y acompañado por el testimonio personal de vida
creyente. Tanto para la transmisión más personalizada de la fe (de tú a
tú), tarea de todo cristiano, como para aquella que se realiza más desde la
actividad pastoral (a la que tantas veces se nos convoca), es fundamental el testimonio de
vida personal y comunitario. Tenemos que llegar a aquel nivel de transmisión testimonial
que enunciaba así Pablo VI: a través de este testimonio, sin palabras, estos
cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles:
¿por qué son así? ¿por qué viven de esta manera? ¿qué es o quién es el que los
inspira? (EN, 21).
SEGUNDA
SEÑAL:
un
des-centramiento de nuestras comunidades.
De
mirarse sólo a sí mismas, a una serena y comprometida mirada alrededor.
110.
Las comunidades cristianas, en general, y las parroquias, en particular, damos la
impresión de ensimismamiento. Ensimismarse es mirar sólo hacia dentro y
aislarse de lo que pasa fuera. Nuestras comunidades, también nuestras parroquias, tienen
que aprender, incluso utilizando metodologías sencillas, a mirar la realidad
humana con ojos de evangelio. Descubrir en qué realidades del mundo
se realiza ya el Reino, cuáles lo están entorpeciendo, en qué situaciones se está
incluso luchando contra él. De ahí nos vienen reclamos muy fuertes. Porque la
conversión, a la que nos llama la fe, no es sólo una conversión individual, sino
también una conversión social. La gracia y el pecado no son situaciones
que se queden solamente en la intimidad de las personas; afectan también (¡y de qué
manera!) al entorno social cercano.
111.
En la parroquia hay muchísimas ocasiones para esmerarnos en la calidad humana y
creyente de la acogida. Frente a acercamientos interesados (que los
hay), no podemos responder con la sospecha y la descalificación. Sólo desde una acogida
amistosa, cercana y fraterna podremos hacer comprender determinadas exigencias de la vida
de fe y de su celebración. La gratuidad de todo el proceso de la acogida es elemento
fundamental para apartarse de la burocratización y del funcionarismo que tanto nos separa
de la gente. Como no somos agencias de servicios, en ningún momento podemos
acoger su modelo, haciéndonos nosotros mismos funcionarios de lo sagrado. Lo contrario
sería dar pie a los malentendidos que tanto nos mortifican.
112.
Debemos cuidar especialmente la sencillez en todas las ocasiones de
comunicación con los demás. La fe tiene unos preámbulos que nunca, y menos
hoy, hay que dar por supuestos. A mucha gente se le hace muy complicado todo lo nuestro:
nuestro lenguaje, nuestra doctrina, nuestras celebraciones, nuestros planteamientos en
encuentros y reuniones... No se trata de rebajar, pero sí de hacerlo todo con
más sencillez. La sencillez no es simplismo, es el mejor exponente de una
sabiduría que sabe comunicarse. Cuando nos explicamos con sencillez, la gente
nos entiende; y cuando nos entiende se siente mucho más implicada. Sobre todo, si nos
proponemos también iluminar los problemas concretos de su existencia diaria. A través de
los organismos, asociaciones y movimientos, muy especialmente de los diferentes Consejos
de Pastoral, a la comunidad cristiana le tiene que estar entrando el mundo por
los cuatro costados. La presencia mayoritaria de seglares en ellos es el mejor cauce de
que entre a la iglesia la vida de cada día como destinataria del anuncio y de
la transformación.
113.
Esta educación de la mirada tiene un ámbito privilegiado en la pastoral
educativa. Acontece, de hecho, en un ámbito en el que se deberían proporcionar
los elementos interdisciplinares necesarios para afrontar la vida con la madurez de la
sabiduría. Pero, a todas las dificultades institucionales, la pastoral educativa, añade,
hoy, una bajada en el interés de las propias familias, de los educadores y de las mismas
parroquias. Un ámbito importante de la educación de la mirada al mundo puede
quedar definitivamente cerrado, si no somos capaces de afrontar este momento con tesón y
creatividad. El numeroso grupo de profesores de religión y los equipos
de profesores cristianos tienen aquí un hermoso campo de compromiso.
Así como lo tiene la pastoral universitaria, para niveles en que la
educación permanente de la mirada requieren una especial adultez, también en
la acogida y vivencia del hecho cristiano.
114.
Me parece también importante agudizar la mirada en nuestras
numerosas y variadas celebraciones. Saber discernir el momento de fe de las
personas que celebran, su implicación en la vida de la comunidad, sus circunstancias
personales o grupales..., nos debe hacer mucho más sensibles a los diversos
formularios que la misma liturgia prevé para situaciones diferenciadas. La calidez de la
misma celebración, la facilidad para conectarla con la vida, la dignidad de lo que
realizamos, saber tratar el misterio como misterio y no como magia... Una serie de
actitudes celebrativas que hacen de la liturgia un vehículo misionero, también en
sentido estricto. Por unas razones u otras, en muchas de nuestras celebraciones hay gente
alejada de la fe y de la Iglesia. Hay celebraciones que tocan el corazón de esta gente;
hay otras que lo pueden endurecer aún más.
115.
Sería preciso no bajar la guardia en nuestra relación con los medios de
comunicación social, cuidando los propios y abriéndonos a los ajenos que tantas
veces nos piden y nos reclaman. Desde mi llegada a Ciudad Real he percibido una buena
disposición en los medios de comunicación provinciales y locales respecto al hecho
religioso cristiano. Es verdad que, a veces, quedándose en lo anecdótico que es lo que
más pega, pero con una real apertura de base que puede convertirse siempre en
una buena colaboración. A veces, somos nosotros mismos los que proporcionamos a los
medios sólo anecdotario, muy desligado de la vida, y no hechos de
vida, que, desde la fe, orienten, iluminen y estimulen. Aquellos que, ya por sí
mismos, interesan, crean estado de opinión e influyen positivamente en la marcha de la
sociedad. Quizás a nosotros mismos nos faltan comunicadores sociales que
sepan comunicar desde las terrazas lo que acontece dentro de la casa. No se
trata de presumir, sino de calibrar el valor testimonial de la imagen.
Pero, estamos atrapados por las dificultades de cualquier institución: se airea el
antitestimonio de sus fallos; se silencian (porque no son noticiables) los testimonios
permanentes de su perseverancia.
TERCERA
SEÑAL:
hacia una pastoral más
diversificada
116.
La parroquia, por su carácter territorial, es un estupendo ámbito de diversificación.
Lo dejaba intuir cuando, al principio, describía las posibles diferentes situaciones
humano-creyentes que se dan en nuestros territorios parroquiales. Sin embargo, de hecho
suelen ser factor de homologación. Es bastante corriente que en la parroquia
a todo el mundo se le trate con el mismo rasero. Es preciso promover una atención
pastoral más diversificada que responda de manera más adecuada a los diversos
niveles de fe, a los diferentes ambientes en los que la fe se vive, y a las diversas
posiciones religiosas de las personas. Esta diversificación no será posible si el único
componente del sujeto activo de la acción pastoral es el sacerdote. La
atención a una pastoral diversificada incluye necesariamente la implicación de
los seglares. Y aquella diversificación que procede de la existencia de
diferentes ambientes pide a la parroquia que promueva y facilite el desarrollo de movimientos
de seglares que tengan como finalidad despertar y profundizar la vocación
específica de los laicos. Es fundamentalmente a través de ellos como se podrá realizar
la inserción evangélica en la sociedad. Ellos, Iglesia en el mundo, son
fermento de transformación y creadores de esperanza.
117.
Es preciso que todos nuestros procesos de catequesis susciten auténticas vocaciones
apostólicas y misioneras. Y que lo hagan desde el gozo que se siente al entregar
el Evangelio al mundo como el mayor regalo que le podemos ofrecer; y no desde una especie
de obligación que acogiera el compromiso apostólico desde un simple
voluntarismo. Es hermoso soñar en que ese compromiso apostólico,
cuando arraiga en las diferentes circunstancias y situaciones en las que vivimos la
totalidad de la existencia, produce necesariamente una diversidad de matices y de
compromisos a los que es necesario atender desde la pastoral parroquial. Esa conciencia de
lo diverso abre, desde la parroquia, a la promoción y al acompañamiento de los movimientos
apostólicos.
Debemos
continuar los esfuerzos que ya habéis realizado para la implantación y fortalecimiento
de los movimientos de Acción Católica, así como de todos aquellos
otros que están seriamente empeñados en la promoción y el acompañamiento de la
presencia de los laicos en el mundo desde el espíritu del Evangelio. Y discernir
pastoralmente las causas del escaso eco que estos movimientos tienen en nuestras
comunidades parroquiales. Pasado un tiempo de enfrentamiento, podemos estar
asistiendo a un mutuo desconocimiento. La parroquia no llega a ser plataforma para el
nacimiento de estos movimientos, y éstos, cuando nacen, pueden recelar de la parroquia
como excesivamente generalista en la acción pastoral. Hago mía, sin
reservas, la petición que hacía D. Rafael a la Delegación de Apostolado Seglar, para
este año: la promoción del apostolado asociado y el acompañamiento de
la presencia de los cristianos en la vida pública.
118.
De entre la diversidad de la acción pastoral, la línea diocesana de este año pide
explícitamente al Secretariado Diocesano de Pastoral Familiar la elaboración de
un plan pastoral con las familias. Por lo que he podido ver, el tema de la
familia había sido recurrente en toda la Reflexión Pastoral Diocesana. Os aparecía en
todos los capítulos de la misma como una línea transversal a toda la
actividad pastoral. La invitación al Secretariado para la elaboración del plan abarca
la preparación al matrimonio, la celebración del mismo y la vivencia cristiana
permanente en el hogar. Sabemos bien, y en ocasiones sufrimos, la carga sociológica
de la celebración del matrimonio por la Iglesia. Puede llegar a convertirse en auténtico
antitestimonio para quienes nos miran desde fuera.
Puedo
percibir que son generosos los esfuerzos de todas las parroquias a la hora de preparar el
matrimonio. La disponibilidad de matrimonios cristianos hace de esta preparación una
acción pastoral significativa en nuestras parroquias. A los cursos de preparación
asisten, con frecuencia, parejas habitualmente alejadas de la fe y de la Iglesia. Es un
buen momento de evangelización intensiva. A la cordialidad de la acogida debe
acompañar siempre la sinceridad de la propuesta. Una y otra se han de convertir en motivación
de fe. Dar un repaso a la fe con ocasión de momento tan importante
en la vida humana y cristiana. Desde esta perspectiva evangelizadora, deberíamos también
revisar los distintos modelos de preparación al matrimonio. Algunos, en efecto, son de
más alcance evangelizador, otros se centran preferentemente en la preparación inmediata
al matrimonio. Conjugar bien las dos dimensiones podría ayudar a hacer de la preparación
al matrimonio un instrumento pastoral de auténtico talante misionero. El apoyo parroquial
a los matrimonios responsables de esta acción pastoral es fundamental. Ellos están
llamados a convertirse en auténticos evangelizadores.
119.
Pero el plan pastoral familiar nos tiene que ayudar, sobre todo, a estimular el que las
familias vivan con gozo lo que Dios quiere de la vida conyugal y de toda la
familia. Somos conscientes de todo lo que supone la atención pastoral a las
familias dentro de nuestra línea ...para el mundo. Por eso, deberíamos
cuidar de no limitar la propuesta de la familia desde la fe solamente a
aquellas familias que ya están más cercanas a la parroquia y a su actividad. Éstas
deben ser el mejor apoyo para poder ofertar una forma cristiana de vivencia
familiar que no se queda en la teoría, sino que tiene en ellos realizaciones
prácticas. Lo pedía así Juan Pablo II: las familias cristianas ofrezcan un
ejemplo convincente de que es posible un matrimonio vivido en plena conformidad con el
proyecto de Dios y de las verdaderas exigencias de la persona humana (NMI, 47).
Pero,
desde ahí, la propuesta la debemos hacer también a los más alejados. Será, por tanto,
necesario, insistir también en todos aquellos aspectos que hacen de los temas familiares
lugar de encuentro de diferentes sensibilidades, presentes incluso en nuestros
pueblos más pequeños, para poder ofrecer la visión cristiana de los mismos de una
manera atrayente y estimulante... Nos vienen muy bien las reflexiones de Juan Pablo II: para
la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en los campos delicados y
controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los
motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando, sobre todo, que no se trata de
imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender valores
radicados en la naturaleza misma del ser humano (NMI, 51).
120.
Atender la diversificación de la pastoral no equivale, en modo alguno, a apostar
por una pastoral elitista. Al contrario, la diferenciación tiene
necesariamente que atender a uno de los desafíos más reales de nuestra llegada cotidiana
a los que nosotros llamamos alejados y a su mundo: la orientación, educación y
progresiva purificación de la demanda religiosa de la mayoría de nuestras gentes. La evangelización
de la religiosidad popular es todavía una tarea posible que, a la larga, puede
tener una real influencia en el cambio de nuestros comportamientos desde la fe y para
nuestra mirada amorosa y salvadora al mundo. No podemos bajar la guardia en la preparación
de los sacramentos. Se trata de ocasiones reales de contacto con muchas personas
alejadas. En nuestras parroquias, esta preparación se convierte en relación ordinaria y
lógica con muchas personas que de otra manera nunca podríamos contactar. Desde una
preocupación sincera de mirada al mundo, sería lamentable hacer de esos encuentros
momentos puramente burocráticos y funcionales y no aprovechar toda la carga humana y
creyente que pueden suponer. En este campo, todavía muy amplio entre nosotros, se impone
una pastoral de la acogida y del acompañamiento.
CUARTA
SEÑAL:
nuestra capacidad de
ofrecer el evangelio a los pobres
121.
Juan Pablo II da una importancia especial a la apuesta por la caridad,
al presentar el marco de referencia para la pastoral del presente siglo. El
ejercicio de la caridad es, por una parte, el modo cristiano de relacionarnos con el
mundo, allí donde éste está más herido y olvidado; y, por otra, es el motivo de
credibilidad más fuerte y más elocuente para el mundo descreído, la señal que Jesús
nos dejó de la presencia del Reino de Dios. Por eso, nuestra mirada al mundo, en este
curso pastoral, ha de tener muy presente esta doble dimensión de la relación con los
pobres. Reitero la petición que hacía D. Rafael a la Delegación de Acción caritativa y
social: que nos ayude a manifestar de modo concreto y significativo nuestra
caridad cristiana. Hacernos ver el rostro de los pobres en nuestro entorno
cercano y en el lejano, que también es entorno nuestro.
Porque,
el rostro de Cristo tenemos que saberlo descubrir, sobre todo, en el rostro de
aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: los pobres.
Los del capítulo 25 de San Mateo: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos,
encarcelados... (que también son los nuestros), y los nuevos pobres: los que
fabrican nuestras sociedades avanzadas. No se puede desdibujar en nuestras
comunidades el rostro de los pobres. Nos jugamos perder el mismo rostro de Cristo.
Refiriéndose al cp. 25 de Mateo, Juan Pablo II es tajante: esta página no es
una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el
misterio de Cristo (NMI, 49). Desde esa profunda motivación de fe, no es de
extrañar la gravedad de lo que se nos echa encima: sobre esta página, la
Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la
ortodoxia (NMI, 49).
122.
Habría que estar muy atentos a integrar el testimonio de la caridad
en la sencilla vivencia de la fe. En la persona de los pobres comenta
Juan Pablo II hay una especial presencia de Cristo, que impone a la Iglesia una
opción preferencial por ellos (NMI, 49). Es una opción mediadora del amor que
el mismo Dios les tiene. Nos hace instrumentos vivos del amor concreto de Dios a personas
concretas. Aunque sean gestos pequeños son siempre sementera de gracia en el
mundo al que queremos mirar de manera especial este año: con la opción por los pobres, se
siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo
sembrara en su vida terrena, atendiendo a cuantos recurrían a Él en toda clase de
necesidades espirituales y materiales (NMI, 49).
Cáritas
nos debe ayudar a no olvidar el rostro de los pobres; nos debe sugerir los cauces
concretos para nuestro compromiso y ha de mantener siempre viva en nosotros y en nuestras
comunidades la imaginación de la caridad, promoviendo no tanto y no
sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacernos cercanos y
solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna
humillante, sino como un compartir fraterno (NMI, 50).
123.
No nos puede pasar desapercibido el valor evangelizador de este
estilo de ejercicio de la caridad en un mundo endurecido y tan cerrado a la gratuidad. El
ideal que propone Juan Pablo II estamos lejos de conseguirlo: que los pobres se
sientan en la comunidad cristiana como en su propia casa. Pero,
acercándonos a ese ideal (y lo debemos hacer), nos aproximamos a uno de los grandes
cauces para la evangelización del mundo de hoy. Se lo pregunta también Juan Pablo II.
¿no sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la Buena Nueva del
Reino?. Y apunta a una de las causas más importantes de la falta de fuerza de
nuestra evangelización para el mundo de hoy: sin esta forma de evangelización,
llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del
Evangelio, aún siendo el primer acto de caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o
de ahogarse en el mar de las palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos
somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las
palabras (NMI, 50).
QUINTA
SEÑAL:
la presencia
evangélica de los cristianos en la vida pública
124.
Presencia evangélica, porque no se trata de una presencia desde el
poder, sino desde el servicio. Al estilo de Jesús que no vino a ser servido,
sino a servir (Mc 10, 45) y, mucho menos, a servirse de los demás.
Presencia evangélica en cuanto realizada desde el lugar de los empobrecidos; presencia
evangélica en cuanto entroncada en la más honda entraña de la fe; presencia evangélica
en cuanto armonizadora de la fe y la vida en la experiencia cristiana.
De
nuevo, un hermoso texto de Juan Pablo II, que ya os proponía antes: la
vertiente ético-social se propone como una dimensión imprescindible del testimonio
cristiano. Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad intimista e
individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad ni con la lógica
de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del
cristianismo. Si esta última nos hace conscientes del carácter relativo de
la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla. Es muy actual a este
respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: el mensaje cristiano no aparta a
los hombres de la tarea de la construcción del mundo, ni les impulsa a despreocuparse del
bien de sus semejantes, más aun, les obliga a llevarlo a cabo como un deber
(NMI, 52). La presencia de los cristianos en la vida pública es ineludible: hay que
estar. Os recordaba al principio la petición de Jesús: no te ruego que los
saques del mundo (Jn 17, 15). Pero, hay que saber estar: como Jesús, dando la
vida en rescate por muchos (Mc 10, 45).
125.
Debería ser éste un curso pastoral con especial presencia de la Doctrina
Social de la Iglesia. Desde un estudio y asimilación sencillos de esta parte
irrenunciable de la moral cristiana quizás pudiéramos salir al paso de la inhibición
generalizada que se descubre en nuestras comunidades respecto a los compromisos
socio-políticos. El desconocimiento de la Doctrina Social Cristiana puede ser el origen
de auténticos pecados sociales. Se lo preguntaba así Juan Pablo II: ¿no es de
lamentar entre las sombras del momento presente la corresponsabilidad de tantos cristianos
en graves formas de injusticia y marginación? Hay que preguntar cuántos, entre ellos,
conocen a fondo y practican coherentemente las directrices de la Doctrina Social de la
Iglesia (NMA, 36).
Un
gran fruto de la mirada al mundo, a la que nos invita nuestra Línea Pastoral Diocesana,
podría ir en esta doble línea: de conocimiento más a fondo (aunque de manera sencilla;
¡que no está reñido lo uno con lo otro!) de la Doctrina Social de la Iglesia; y de
traducción práctica en la presencia en la vida pública, sabiendo que desde esa moral
social podemos y debemos hacer nuestra aportación a la construcción de un mundo más
humano y fraterno, más habitable para todos. Tiempo sería también de escuchar, acoger y
estimular a tantas y tantos cristianos que, desde su fe, han hecho la opción por este
tipo de presencia.
* * *
Termino
ya, queridos hermanos sacerdotes, religiosos/as y seglares, esta amplia comunicación
pastoral. Con el riesgo de ver y juzgar de un modo muy particular nuestra realidad
eclesial, sentía, sin embargo, la necesidad de comunicarme extensamente con todos
vosotros. El inicio de mi andadura con y en esta Iglesia que me ha tocado en
heredad, bien merecía esta reflexión de vuestro nuevo Obispo. La he hecho a
propósito al hilo de vuestro propio camino pastoral. La sucesión tiene, en
efecto, una dimensión de continuidad, asegurada por la vida misma de quien es
la Señora Elegida (2Jn 1), este pueblo santo, real y sacerdotal
(1Pe 1,9) que es la Iglesia de Ciudad Real. De ella, con todos vosotros, me siento parte.
Por ella, con todos vosotros, quiero trabajar y entregarme. Desde ella, con todos
vosotros, quiero servir a nuestro mundo el Evangelio del Señor como señal de lo nuevo
que brota cuando parece que toda esperanza se derrumba.
La
Iglesia y María comparten para nosotros un misterio fecundo: la maternidad. De
María-Madre y de la Iglesia-Madre hemos recibido a Jesús, el único nombre en
quien podemos salvarnos. Nacido de María y de nuestras entrañas eclesiales, quiero
ofrecerlo con vosotros como el mejor regalo para nuestro mundo, de parte de Dios, nuestro
Padre.
Vuestro
Obispo